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A la una de la tarde, el hondureño Ricardo Saúl Salgado Salinas, de 22 años, salía del Puente de Vallecas, en el sureste de Madrid, España, y caminaba hasta la parroquia San Ramón Nonato. Allí recibía un bocadillo y una botella de agua. Con eso pasaba el día.
Después volvía al mismo lugar, los bajos del Puente de Vallecas, su refugio durante más de tres meses de 2019.
Lo único que lo acompañaba era una maleta, documentos y un teléfono que, durante el día, cargaba donde podía.
“Fue horrible. Uno se siente fracasado; yo nunca pensé que iba a llegar a esa situación”, recordó ahora, seis años después de haber salido de Honduras.
El hambre no era lo único que lo desvelaba, también pensaba en sus padres, en su hermana y en la crisis económica que había dejado atrás.
Había cruzado más de 8,000 kilómetros con 355 euros en el bolsillo —casi 11,000 lempiras— y la urgencia de encontrar trabajo para ayudar a su familia.
La escena parecía impensable para el joven que aquel 11 de diciembre de 2019 salió de Honduras creyendo que España sería difícil, pero no que acabaría enfrentando el desempleo y la calle.
Años después, Saúl reconstruyó para LA PRENSA Premium la ruta que lo llevó de Honduras a España, marcada por una decisión tomada bajo presión económica, una llegada sin contactos y tres meses viviendo bajo un puente durante la pandemia de Covid-19.
Hoy, ese mismo recorrido lo tiene al frente de importantes proyectos en el sector fotovoltaico (industria dedicada a la generación de energía eléctrica a partir de la luz solar).
Para entender cómo llegó hasta ese puente hay que volver a Choluteca, en el sur de Honduras, donde nació el 1 de septiembre de 1997, y luego a Tegucigalpa, la ciudad donde creció desde los cinco años.
Su padre, Ricardo Salgado, era comerciante; su madre, Nidia Salinas, se dedica a las tareas del hogar; y su hermana mayor, Úrsula Salinas, completa el círculo familiar donde Saúl aprendió sus primeras certezas: trabajar con honradez, vivir con humildad, respetar la palabra dada y aferrarse a la fe en Dios cuando la vida empieza a torcerse.
En 2019, una inversión fallida de su padre agudizó la situación económica de la familia. Las deudas crecieron y la tranquilidad de la casa se interrumpió por el agobio de gastos básicos que ya no se podían costear.
Saúl sentía que no podía quedarse de brazos cruzados. En ese momento estudiaba periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (Unah), carrera que eligió, en parte, por la admiración que sentía por figuras de la pantalla chica como Fernando del Rincón.
En 2018 había ingresado a las Fuerzas Armadas (FF. AA.). Durante seis meses dejó la universidad por el entrenamiento militar y luego retomó sus estudios en horario de tarde-noche hasta culminarlos.
“Entré al ejército porque era un deseo que tenía desde pequeño. Me consideraba bastante patriótico, pero también me ayudaba a ganar un poco de dinero para llegar a fin de mes, ayudar en la casa”, recordó.
Pero ni la universidad ni el ejército resolvían el problema en casa. Las cuentas seguían llegando y la sensación de impotencia pesaba cada vez más. Fue entonces cuando empezó a considerar la migración como una salida.
Estados Unidos apareció entre las opciones, pero la descartó por los riesgos de la ruta. España terminó siendo el destino elegido, aunque en realidad sabía poco sobre lo que encontraría al otro lado del Atlántico.
“Fue una decisión impulsiva, pero con la dirección de Dios. No investigué mucho. Solo pensaba en ayudar a mi familia”, admitió.
El principal obstáculo era económico, pero un amigo de su padre, conocido como don Polo, consiguió un préstamo para financiar el viaje. Saúl compró un boleto de ida y vuelta, como suele recomendarse para ingresar a España, pero llegó con mucho menos dinero del que debía demostrar. Apenas llevaba 355 euros.
“No tenía ningún familiar, no tenía ningún contacto. Era venir a probar suerte. Mi hambre de sostener a mi familia fue la motivación”, expresó.
El primer auxilio apareció antes de aterrizar. Durante el vuelo conoció a Elisa, una mujer a quien hoy recuerda como el “ángel que Dios le puso en el camino”.
Mientras cruzaban el Atlántico, Saúl le contó por qué viajaba. Ella, conmovida, le ofreció hospedarse temporalmente en su casa en Zaragoza, al noreste de España.
El gesto no terminó ahí. Elisa también lo empadronó en su vivienda, un trámite clave para acreditar residencia en España y avanzar después en cualquier proceso de regularización.
“Dar ese voto de confianza a un desconocido no es sencillo. Ella dio ese paso de ayudar a alguien que no conocía”, recordó.
El alivio duró poco. Entre el 11 de diciembre de 2019 y el 7 de enero de 2020 caminó por Zaragoza buscando empleo. Preguntó por vacantes en comercios, pero nada se concretaba.
“Venía con la intención de trabajar lo más pronto posible. Tenía deudas en mi espalda que tenía que pagar sí o sí. Los niveles de desesperación y angustia son indescriptibles”, contó.
El 7 de enero de 2020 dejó Zaragoza para probar suerte en Valencia, donde le habían dicho que podía encontrar trabajo como camarero en una zona turística, pero tampoco tuvo fortuna.
Sin dinero suficiente, recordó que la madre de un excompañero de colegio vivía en Madrid, entonces el 9 de enero lo llamó y le pidió ayuda. Así fue como dio con Dina, quien aceptó recibirlo en Vallecas, un distrito popular del sureste de la capital española con fuerte presencia de migrantes latinoamericanos.
En la vivienda dormía en un sofá por el que pagaba 100 euros al mes (un poco más de L3,000). Al día siguiente acompañó a Dina a una iglesia evangélica, donde conoció a Junior, otro hondureño, quien se ofreció a hablar con su jefe para intentar conseguirle trabajo en la construcción.
El 14 de enero, Saúl estaba en una obra de construcción como ayudante. No tenía conocimiento alguno, pero sí ganas de aprender. Ganaba 50 euros diarios. Con ese dinero pagaba el sofá, cubría gastos básicos y mandaba algo para la deuda y para su casa.
Por primera vez desde que salió de Honduras, sintió que la decisión empezaba a tener sentido. Había conseguido techo, trabajo y una forma mínima de responder a la familia.
Pero la estabilidad duró poco, ya que el 14 de marzo de 2020, España declaró el estado de alarma por la pandemia. Miles de negocios cerraron y Saúl se quedó sin empleo.
La situación empeoró poco después, cuando Dina necesitaba el sofá para cuidar a una hermana recién operada. Saúl entendió, recogió sus cosas y salió sin saber qué haría después.
Las primeras noches las pasó deambulando por la ciudad. Al llegar al Puente de Vallecas vio que varias personas pasaban el día y dormían en el lugar. Sin alternativas y con temor, decidió quedarse ahí.
Su rutina se redujo a sobrevivir. Por las mañanas buscaba dónde cargar el celular y, cuando necesitaba asearse, caminaba hasta los servicios de la estación de autobuses de Méndez Álvaro.
A la una de la tarde llegaba a la parroquia San Ramón Nonato, donde recibía un bocadillo y una botella de agua. Después regresaba al puente y esperaba que el día volviera a terminar.
“Había noches que no dormía por la angustia de no poder ayudar a costear deudas. Uno se siente derrotado, siente que tomó una mala decisión. Yo jamás pensé que iba a terminar viviendo bajo un puente en Madrid”, recordó.
Durante aquellos meses, Honduras organizó vuelos humanitarios para repatriar a ciudadanos varados por la pandemia. Saúl pensó más de una vez en regresar.
“Era la idea que se me cruzaba por la mente, regresarme, pero no quería hacerlo porque me haría sentir fracasado. Había salido de Honduras para ayudar a mi familia y volver así era algo que no podía asimilar”, expresó.
Mientras los días pasaban logró hacer algunos trabajos informales como restaurar un mural en un edificio de Vallecas, por el que recibió 80 euros —unos 2,400 lempiras—. Así lograba subsistir.
Pero eso no era suficiente para alquilar siquiera un sofá, por lo que decidió llamar a un tío con la intención de pedirle dinero prestado para costear el vuelo de regreso a Honduras.
“Yo ya había tirado la toalla. Lo llamé porque quería volverme. Ya no miraba salida”, recordó.
Su tío, Alberto Flores, trabajaba en Chile para una empresa española. Tras escuchar su situación, le pidió que no regresara y le envió algo más de 300 euros para que pudiera alquilar un lugar donde dormir.
“Después de pasar tanto tiempo en la calle, algo tan básico como tener una habitación era algo que nunca pensé que iba a desear tanto”, confesó.
Alberto no solo lo ayudó a estabilizarse, también le consiguió una oportunidad como ayudante en una empresa vinculada al sector fotovoltaico.
Hasta entonces, la energía solar era algo que apenas conocía de nombre, pues su experiencia estaba en el periodismo y el ejército. Los paneles y los sistemas eléctricos pertenecían a otro mundo.
“Yo no sabía absolutamente nada. No sabía cómo funcionaba un panel, no sabía cómo se instalaba. Todo me tocó aprenderlo desde abajo”, recordó.
En junio de 2021 obtuvo permiso para trabajar legalmente en España y fue enviado como operario a un parque fotovoltaico en Villafranca de los Barros, en Extremadura, en el suroeste de España.
Las jornadas eran extenuantes, pero para él significaban una oportunidad. “Era muy agotador, pero estaba trabajando y apoyando a mi familia”, recordó.
En poco tiempo pasó de operario a jefe de equipo. Aprendió a manejar maquinaria, a alinear estructuras y a dirigir grupos de trabajo en proyectos solares.
En 2023, un empresario lo vio trabajar en una obra en Guadalajara, España. Por su desempeño, le ofreció incorporarse a una compañía dedicada al autoconsumo solar en viviendas de Madrid.
Aceptó el reto. Pasar de grandes parques fotovoltaicos a instalaciones residenciales implicaba aprender otro tipo de montaje, como piezas más pequeñas sobre tejados, conexiones a inversores y sistemas eléctricos dentro de las casas.
Hasta entonces había aprendido montaje, maquinaria y estructuras, pero no sabía hacer conexiones. Buscó tutoriales, preguntó, estudió y luego cursó una formación técnica en instalaciones eléctricas de baja tensión en Itansa Certificaciones, entre febrero y octubre de 2024.
Ese aprendizaje terminó de abrirle el camino. Actualmente es socio y trabaja como project manager de instalaciones en Pon Energy, donde realiza visitas técnicas a viviendas, calcula cuántos paneles pueden instalarse, coordina equipos y supervisa que cada instalación se ejecute de forma segura.
Cuando todo comenzaba a ordenarse, recibió una de las noticias más dolorosas de su vida. El 8 de enero de 2025 murió su padre en Honduras. Saúl no pudo despedirse de él ni acompañar a su familia.
“Eso es algo que voy a lamentar siempre: no pude despedirme de él. En la mayoría de recuerdos importantes de mi infancia y adolescencia está mi papá. Cuando necesitaba fuerza o un consejo, ahí estaba su voz”, expresó.
La ausencia volvió a hacerse presente el 5 de junio de 2026, cuando recibió oficialmente la nacionalidad española.
Seis años después, logró lo que se propuso al salir de Honduras: convertirse en un pilar económico para su familia. Entre sus planes está regresar para abrazar a su madre y a su hermana mayor, después de años marcados por la distancia y el trabajo.
“Uno no se imagina cuánto puede extrañar algo tan simple como abrazar a su familia. Quiero volver, ver a mi mamá, ver a mi hermana y decirles que todo esto valió la pena”, expresó.
Así como Saúl, miles de hondureños migran hacia España y Estados Unidos con la esperanza de encontrar afuera las oportunidades que no lograron abrirse en el país. En España, el Instituto Nacional de Estadística (INE) registró, al 1 de enero de 2025, más de 177 mil compatriotas residiendo en ese país.