Tegucigalpa, Honduras. Eran las 9:30 de la noche, la hora que él mismo había prometido, cuando Alejandro Sanz salió al escenario del estadio Héctor «Chochi» Sosa, acompañado de su banda. Sin traje de gala: camiseta negra sin mangas, pantalón negro, gorra y los brazos tatuados a la vista. Abrió con «Desde cuándo», de Paraíso Express (2009), y siguió con «Capitán Tapón», de Sirope (2015), el disco que presentó en el mismo recinto en 2016.
La gira «¿Y ahora qué?» lleva el título del álbum que publicó en 2025, un EP de seis canciones que llegó cuatro años después de Sanz (2021) y que en noviembre se amplió con ¿Y ahora qué+?. Ese trabajo le valió el Latin Grammy a Mejor álbum pop contemporáneo.
Tegucigalpa fue la primera parada centroamericana de un recorrido que ya pasó por México, Sudamérica, Estados Unidos y España, y que continúa por Costa Rica, El Salvador y Guatemala.
El primer bloque mezcló distintas épocas. Tras «Capitán Tapón» llegaron «Por bandera» y «Bésame», canción que en su versión de estudio reúne a Sanz con Shakira, 20 años después de «La tortura». La pieza combina flamenco, afrobeat y rumba, una mezcla de ritmos que, en vivo, recae sobre los músicos que acompañan al español.
Luego bajó la intensidad. «A la primera persona», «Mi soledad y yo» y «El vino de tu boca» le sirvieron a Sanz para sentarse al borde del escenario con su guitarra acústica, de tono anaranjado y trazos geométricos blancos sobre la caja. En ese tramo íntimo, el centro fue su voz.
Esa voz es su sello: grave, áspera, con un raspado que el propio cantautor atribuyó en una entrevista de 2004 a sus raíces flamencas y que, según reconoció, quizás «no es el canto más limpio». Un estudio sobre el cante flamenco, alojado en el repositorio arXiv, señala que ese timbre está más soplado, porque deja pasar aire, y carece del brillo resonante del canto clásico. Con esa característica vocal, Sanz pasa de la confianza de una balada a un empuje casi rockero.
A esa voz la acompaña una banda que funciona como su marco musical. Sobre el escenario había dos pianos, uno a cada lado, además de batería, congas, shaker, trombón, trompeta y otros instrumentos, junto con un coro de voces femeninas. Por momentos, Sanz cedió el protagonismo a sus músicos; en otros, ellos se replegaban para dejarlo solo frente a su guitarra.
Esa arquitectura rítmica tiene raíces. Sanz ha dicho que aprendió a hacer música con el flamenco, una tradición heredada de sus padres andaluces. Además, una tesis de la Universidad de Sevilla sostiene que la percusión está presente en todas las formas del flamenco: en la guitarra, en el cantaor y hasta en el baile. Escucharlo con cajón y batería en el «Chochi» Sosa es oír esa idea ampliada: el ritmo no acompaña a la melodía, la sostiene.
El tramo central Reunión lo nuevo con lo que ya forma parte de la memoria colectiva: «Quisiera ser», «Hoy no me siento bien» —del disco reciente y grabado con Grupo Frontera—, «Regálame la silla donde te esperé», «Amiga mía», «Deja que te bese» y «Cuando nadie me ve».
«Amiga mía», de 1997, fue su primera canción en llegar al primer lugar del Latin Pop Airplay, mientras que «Cuando nadie me ve» (2000) da nombre a la serie documental estrenada en enero de 2026.
El momento de mayor conexión llegó con la charla más larga de la noche. Sanz bromeó con que llevaban seis o siete horas de concierto, una ironía que le sirvió para preguntarle al público que llenó el recinto cuándo había sido la última vez que habían estado tan presentes. Dijo que el amor que le tiene a la música es «infinito» porque le ha dado tantas cosas.
Recordó entonces a su amigo Jesús Quintero, periodista español, quien decía que una canción «no puede parar un tanque de guerra», pero sí «partirle el corazón al guerrero que lo conduce».
Enumeró lo que cura: los médicos, los profesores, la familia y la pareja. Luego dijo que la música es un poco todo eso, porque en los días malos siempre habrá una canción esperando. Y advirtió: «si me ves llorar, no es que no sea feliz».
La segunda mitad apeló a la memoria: «El alma al aire», «Mi marciana», «Aquello que me diste», «Yo te traigo... 20 años», «No es lo mismo» —el disco de 2003 que produjo junto a Lulo Pérez—, «Y, ¿si fuera ella?» y «¿Lo ves?».
De «Y, ¿si fuera ella?», regrabada 20 años después con voces invitadas, Sanz donó los derechos a Save the Children. La lista de canciones, tal como se presentó, dejó fuera «Palmeras en el jardín», tema que le dio el Latin Grammy a Grabación del año, así como «La tortura» y «Mi persona favorita». De las 23 canciones interpretadas, al menos tres pertenecen al disco que da nombre a la gira.
La escenografía fue, quizás, la protagonista silenciosa. En Tegucigalpa se resumió en un óvalo central de imágenes líquidas, humo, reflectores y dos pantallas laterales que llevaron el rostro y la guitarra de Sanz hasta las graduadas más lejanas.
El espectáculo terminó a las 11:30 de la noche con «Corazón partío», primero en su versión original, la balada de raíz flamenca del disco Más (1997) que lo convirtió en una estrella internacional. Después sonó de fondo su remix, mientras Sanz agradecía y se despedía junto a su pareja, Stephanie Cayo.
La canción ya había tenido una versión de ese tipo: una remezcla de 1998 también llegó al primer lugar en España. Aun así, pasar de la guitarra roja a la pista de baile cambió el tono de la despedida.
Fue una noche pulida y generosa, con una banda sólida y un cantante cercano que prefirió conversar antes de lucirse. También fue un concierto que miró más hacia atrás que hacia adelante: diez años después de su paso por el «Chochi» Sosa, Sanz regresó con un disco premiado bajo el brazo y se despidió cantándole a la década de los noventa.