El ritual comienza frente al espejo. Entre maquillaje, látex, máscaras y lentillas llamativas, miles de personas dejan atrás su apariencia habitual para convertirse en criaturas aterradoras.
Aunque parece una tradición asociada únicamente con la diversión, detrás de esta transformación existe una explicación psicológica: interpretar a un personaje oscuro puede ayudar a liberar frustraciones, romper con la rutina y aliviar el estrés.
Lejos de ser una costumbre exclusiva de los niños, disfrazarse continúa despertando el interés de los adultos. Según las estimaciones de la National Retail Federation (NRF), los consumidores estadounidenses prevén gastar alrededor de 2.000 millones de dólares en disfraces para adultos. Entre las opciones más populares figuran la bruja, elegida por 5,8 millones de personas, y el vampiro, con 3 millones de preferencias.
Pero ¿qué hace tan atractivos a estos personajes?
Un estudio de los investigadores Rebecca J. Krause y Derek D. Rucker, de la Universidad Northwestern, publicado en la revista Psychological Science, ofrece una explicación. Sus investigaciones sugieren que las historias de ficción permiten explorar aspectos de la personalidad que resultarían incómodos en la vida real, sin poner en riesgo la percepción que tenemos de nosotros mismos.
Como señala Krause, las historias y los mundos ficticios ofrecen un "refugio seguro" para compararnos con personajes villanos que nos recuerdan a nosotros mismos. De esta manera, interpretar a una criatura malvada no significa compartir sus acciones, sino experimentar con una identidad diferente en un entorno donde las reglas habituales quedan temporalmente en pausa.
Esta experiencia también puede relacionarse con el concepto de "la Sombra", desarrollado por el psiquiatra Carl Gustav Jung. Desde su perspectiva, las personas guardan pensamientos, emociones e impulsos que suelen reprimir para adaptarse a las normas sociales. Disfrazarse de monstruo puede representar simbólicamente una oportunidad para acercarse a esas emociones y expresarlas mediante el juego.
La ropa también influye en la manera en que actuamos
En 2012, los psicólogos Hajo Adam y Adam D. Galinsky acuñaron en el Journal of Experimental Social Psychology el concepto de "enclothed cognition" (influencia de la vestimenta), definido como la influencia sistemática de la ropa sobre los procesos psicológicos y las tendencias conductuales de quien la lleva. Así, ponerse unas botas militares, una túnica desgarrada o una máscara puede modificar la percepción que una persona tiene de sí misma.
A este efecto se suma el anonimato. En 1976, un experimento de campo dirigido por Edward Diener monitorizó en secreto a más de 1.300 niños durante la noche de truco o trato en 27 residencias de Seattle. El estudio, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, encontró que los menores que iban en grupo y ocultaban su rostro bajo disfraces cometían más transgresiones, como robar dulces y dinero, cuando creían que no podían ser identificados.
Aunque aquella investigación se centró en el comportamiento infantil, también permite comprender cómo ocultar el rostro puede reducir las inhibiciones sociales. En los adultos, el anonimato puede convertirse en un respiro frente al juicio ajeno: bajo una máscara, nadie espera que la persona mantenga su comportamiento habitual, sea siempre diplomática o responda a las exigencias de su entorno.
Por otra parte, el miedo también puede generar placer cuando se experimenta voluntariamente y en condiciones seguras. En un estudio del HAUNT Lab publicado en Psychological Science, Mathias Clasen, Coltan Scrivner y su equipo identificaron una relación en forma de U invertida entre el miedo y el disfrute. Sus hallazgos apuntan a un punto en el que el susto deja de resultar desagradable y se convierte en una experiencia entretenida, fenómeno conocido como "terror recreativo".
Esta necesidad de romper temporalmente con las normas tampoco es nueva. El filósofo y teórico ruso Mijaíl Bajtín explicó el carácter liberador del carnaval como un espacio donde las jerarquías, las prohibiciones y los protocolos sociales quedaban suspendidos. Mediante máscaras grotescas, parodias y risas, la gente común de la Edad Media encontraba una forma de escapar de la rigidez de las normas feudales y religiosas.
Al terminar la noche, el maquillaje desaparece, las máscaras vuelven al cajón y cada persona recupera su apariencia habitual. Sin embargo, la experiencia ofrece la oportunidad de desconectarse de las responsabilidades, explorar otras facetas de su personalidad y disfrutar de una realidad distinta, aunque sea por unas horas.
Así, convertirse en monstruo o villano durante Halloween puede ser mucho más que una elección de disfraz. Es una forma de jugar con el miedo, desafiar temporalmente las convenciones y encontrar un espacio de diversión frente a las presiones diarias. Porque, algunas veces, dejar salir al monstruo por una noche también puede ser una manera de recuperar la calma. ¡Feliz Halloween!