A finales de octubre, las calles de ciudades como Londres, Nueva York o Madrid se llenan de calabazas, telarañas artificiales y disfraces terroríficos. En México, en cambio, los altares se adornan con flores de cempasúchil, papel picado y velas para recibir simbólicamente a quienes ya partieron.
Aunque ambas celebraciones coinciden en el calendario y giran en torno a la muerte, sus significados culturales son distintos. Halloween convierte el miedo en entretenimiento y consumo, mientras el Día de Muertos propone recordar a los seres queridos mediante ofrendas, aromas, comida y reuniones familiares.
Halloween desciende de Samhain, una festividad celta que marcaba el final de las cosechas y el inicio del invierno. Sus participantes creían que, durante la noche del 31 de octubre, la frontera entre los vivos y los espíritus se debilitaba. Encendían hogueras y se disfrazaban para protegerse de las presencias sobrenaturales.
Con la expansión del cristianismo, estas costumbres se mezclaron con la víspera de Todos los Santos, conocida en inglés como All Hallows’ Eve, origen del nombre Halloween.
El Día de Muertos, por su parte, tiene raíces en las culturas prehispánicas mexicanas, que concebían la muerte como parte de un ciclo. Entre los mexicas, se creía que quienes fallecían por causas naturales debían recorrer los nueve niveles del Mictlán, el inframundo gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.
Tras la conquista española, las tradiciones indígenas se fusionaron con las celebraciones católicas del 1 y 2 de noviembre. De ese encuentro surgió una festividad mestiza que conserva símbolos ancestrales y religiosos.
Del terror a la memoria
En su versión contemporánea, Halloween está asociado con monstruos, zombis y personajes de películas de terror. El miedo se transforma en un juego que permite acercarse a lo sobrenatural desde la ficción.
En México, la muerte se integra a la vida cotidiana a través del humor y el recuerdo. Los altares reúnen fotografías, alimentos y objetos de los difuntos; las familias limpian las tumbas, colocan flores y, en algunas comunidades, pasan la noche en los cementerios.
El escritor Octavio Paz reflexionó sobre esta relación en El laberinto de la soledad (1950), al describir la cercanía cultural del mexicano con la muerte y su capacidad para burlarse de ella.
Dos celebraciones, grandes negocios
Halloween es un motor del comercio estacional, con ventas de disfraces, dulces y decoraciones. En Estados Unidos, los gastos vinculados a la fecha han superado los 12,000 millones de dólares anuales, según cifras de la Federación Nacional de Minoristas.
El Día de Muertos impulsa principalmente a productores de flores, artesanos, comercios y turismo. Su proyección internacional también ha crecido gracias al cine. En 2015, la película "Spectre", de James Bond, mostró un desfile ficticio de calaveras por Ciudad de México. La escena inspiró a las autoridades a organizar un desfile real en 2016, convertido después en un atractivo turístico.
Tradición y transformación
La convivencia entre ambas celebraciones ha generado intercambios culturales. La Catrina, creada por José Guadalupe Posada y popularizada por Diego Rivera, se convirtió en un símbolo reconocido internacionalmente. Películas como "The Book of Life" (2014) y "Coco" (2017) también difundieron la estética del Día de Muertos.
Mientras algunas personas temieron que Halloween desplazara las costumbres mexicanas, la tradición se mantuvo y se adaptó. Incluso la costumbre de “pedir calaverita” comparte elementos con el “truco o trato” anglosajón.
Pese a la influencia del mercado y a la mezcla de símbolos, el sentido de ambas fechas sigue siendo distinto: Halloween convierte el miedo en diversión, mientras el Día de Muertos transforma la ausencia en un reencuentro simbólico. Una juega con el horror; la otra mantiene encendida la memoria de quienes ya partieron.