“Planificar una familia actualmente no termina cuando decides tener hijos; es una tarea que vuelve a empezar cuando decides rehacerla”, señala Ane Arieta, licenciada en Derecho y mediadora familiar, especializada en la reorganización de las familias tras una separación y en las dinámicas de las denominadas familias ensambladas.
“A diferencia de lo que sucede cuando nos disponemos a casarnos o tener un hijo, lo cual planificamos, para formar una familia ensamblada, improvisamos”, advierte Arieta (https://step-family.es), creadora del método STEP (Stepfamily), un programa de 8 pasos para reorganizar la familia cuando la pareja terminó.
Señala que las familias ensambladas —aquellas en las que una pareja convive y al menos uno de sus miembros aporta hijos de una relación anterior— son cada vez más comunes, pero se construyen casi siempre sin la conciencia ni la preparación que sí ponemos en otras decisiones vitales.
Los riesgos del “ya veremos...”.Al formar una familia con hijos de parejas anteriores a menudo improvisamos, adoptamos una actitud de “ya veremos cómo funciona” como si fuera una opción reversible, según explica.
Ese planteamiento de prueba y error “genera una inseguridad enorme en los miembros de un sistema familiar, que ya de por si debe soportar más ruido exterior que cualquier otra familia, ya que tiene menos referencias, enfrenta más prejuicios y recibe más miradas ajenas”, añade.
“Cualquier familia atraviesa conflictos, pero las ensambladas tienen que sostener todo ese ruido de fuera”, señala Arieta, que sostiene que “cuando hay menores de por medio, convivir ya es una forma de compromiso, aunque no lo digamos en voz alta”.
Para esta especialista “una familia ensamblada no se construye solo desde el amor, como si este sentimiento lo pudiera todo, sino desde la estructura: con roles claros, límites coherentes, seguridad, coherencia y compromiso adulto”.
Un vínculo con sus propias dinámicas y reglas
Para que un sistema de estas características funcione armónicamente requiere que sus integrantes den el paso de estructurarlo con conciencia, sabiendo dónde se meten, qué implica y qué necesita cada persona del sistema ensamblado, empezando por los niños”, apunta.
Arieta no resta valor a las familias ensambladas, ni las considera de segunda categoría, señalando que son “una realidad con sus propias dinámicas, aprendizajes y fortalezas”, en la que “no solo es importante cómo se forma este nuevo vínculo sino cómo se cuidan las personas que lo integran”.
Explica que en estas relaciones el ‘punto ciego’, aquello que no percibimos, rara vez es la nueva pareja, que no suele crear los problemas, sino que lo revela, al hacernos de espejo”.
“El verdadero reto es la falta de conciencia previa y todo lo que no se ordenó antes y sobre lo que ahora se intenta construir una nueva relación”, explica. Una familia ensamblada “casi siempre se empieza a construir sobre una base que todavía no está ordenada: la coparentalidad con la expareja. Y es muy difícil levantar una casa nueva sobre unos cimientos anteriores que aún se están colocando”, según Arieta.
Por otra parte, “en estas familias los roles no están claros social, legal, ni culturalmente: nadie sabe qué se espera de un padrastro o de una madrastra, y las propias palabras arrastran siglos de estigma, de ‘Blancanieves’ a ‘Cenicienta’”, asegura.
Cada miembro de este tipo de familias tiene que averiguar su sitio, sin contar con un reconocimiento ni tampoco con referencias fuera de casa, en el marco de una indefinición que genera inseguridad en todos, según esta especialista.
Otro reto que enfrentan estos sistemas familiares es el de las expectativas, ya que al ensamblarlos, sus integrantes no solo creen que todo depende del amor, sino que además actúan como si el vínculo fuera reversible, lo cual lo impregna todo de inseguridad, añade.
Para Arieta “una familia ensamblada se construye primero con compromiso, acuerdos y una estructura sostenible y estable en el tiempo; y sobre eso, el amor, que llegará o no, y bienvenido sea”, destaca.
“Con esa base se genera un vínculo saludable y funcional, que a los hijos les podrá gustar más o menos o podrán cuestionar, pero en el que se sientan seguros y no duden”, añade.
Conflictos de lealtad
Otro problema que enfrentan estos sistemas son los conflictos de lealtad de los hijos, consistentes en sentir que querer a la persona que ha llegado equivale a traicionar a su padre o a su madre biológicos, de acuerdo con esta experta.
Este tema depende de los adultos, ya que “un niño solo puede vincularse en libertad si recibe permiso de su otro progenitor (biológico, que ahora no forma parte de la actual pareja y vive en otra casa) para que quiera a quien ha llegado”, según explica.
En una familia ensamblada “es fácil que un integrante ocupe un lugar que no le corresponde ya que nadie le ha dicho cuál es el suyo, ni tampoco suele estar definido cuál es el lugar de cada uno”, según Arieta, que sostiene que establecer ese lugar no compete solo a los implicados, sino que también es una tarea pendiente del derecho de familia.
Consultada por EFE acerca de ¿cuál es la ‘regla de oro’ para afrontar con éxito los retos que plantea una familia ensamblada?, Arieta la resume en la siguiente frase: “no exijas el vínculo; construye el lugar donde el vínculo pueda crecer”.
Esta regla, que se caracteriza por “quitar más presión de la que pone”, implica dar a cada adulto un lugar claro, en vez de dejarlo sin definir, ya que de dicha indefinición nacen la mayoría de los conflictos en estas familias, según esta mediadora y abogada.
“El padrastro o la madrastra no es un sustituto del padre o de la madre, pero tampoco es un colega; es una persona que acuerda las normas en equipo con su pareja, sin cargar con la responsabilidad de imponerlas a hijos que no son suyos”, declara.
La “regla de oro” enunciada por Arieta también implica que se respeten los tiempos sin confundir cariño con respeto, teniendo en cuenta que “estas familias se construyen por etapas y en años, no en meses” y que “el cariño no se puede exigir ni acelerar”.
Aunque a un niño no se le puede pedir que sienta cariño hacia la nueva pareja de su padre o de su madre sí que se le debe exigir que respete a esa persona, evitando que la insulte, la ignore o haga como si no existiera, puntualiza.
Primero el respeto, después el cariño, quizás
“El cariño empieza precisamente por el respeto, la educación y la simpatía, como con cualquier persona a la que se va conociendo, y el afecto puede llegar —o no— por añadidura”, señala.
También es importante aceptar que el éxito de una familia ensamblada no radica en parecerse a una primera familia, sino construir identidad familiar propia, que no la confiere la sangre y ni siquiera el amor, sino la repetición de sus propios rituales pequeños y cotidianos, que implican el ‘nosotros’, apunta.
El día que un niño dice ‘nosotros siempre hacemos esto’, implica que se ha dado un gran paso en la construcción de la identidad familiar, enfatiza Ane Arieta, que considera que “los adultos de una familia ensamblada no tienen que conseguir que a un hijo le encante esta familia, sino lograr que sepa que es su familia, que existe un vínculo y hay pertenencia, y que está a salvo y ocupa un lugar en ella”. Y “si además esa familia le gusta, es un regalo”, concluye.