Más de lo que nos imaginamos

Una reflexión sobre la influencia que ejercemos en los demás y la responsabilidad de procurar que nuestra huella sea positiva

  • Actualizado: 22 de abril de 2026 a las 00:00 -

Vivir siempre cara a la galería o pendiente del efecto de lo que hagamos o digamos causa en los demás es un error y complica la vida más de lo que ya acostumbra a ser. Sin embargo, también es un error andar por la vida sin considerar la huella que vamos dejando a nuestro paso, por sigilosos que estos sean.

Resulta que hay un obligatorio proceso de “ósmosis” entre las personas que comparten unos espacios y unos tiempos, por lo que, en la familia, en el trabajo y entre los amigos, nos vamos influyendo los unos a los otros y vamos sembrando actitudes, ideas y formas de valorar a otras personas, a los acontecimientos o las cosas que nos rodean.

Es natural que el ámbito familiar sea el más propicio para este proceso de influencia mutua, tanto porque suele ser el más íntimo y el más prolongado, como porque el afecto que lo preside facilita las cosas. Pero es cierto que los colegas y los amigos van haciendo y diciendo cosas que rara vez nos dejan indiferentes o dejan de permearnos.

Claro está que cuando sentimos algún grado de respeto o admiración por alguien, el ascendiente que tiene sobre nosotros es mayor, y que, si la persona no nos parece imitable porque sus vicios despuntan por sobre sus virtudes, más bien tendemos a rechazar lo que de ella proceda. Pero, aun en ese caso, para bien o para mal, la gente con la que nos encontramos, diaria u ocasionalmente, deja algo de ella en nosotros más de lo que nos imaginamos.

Por lo anterior, aun que he comenzado esta columna advirtiendo que no podemos vivir pensando en cómo nos consideran o valoran los demás, sí estoy convencido de que debemos tener la sana preocupación de influir positivamente sobre ellos y causar, al menos, una buena impresión.

La ejemplaridad es un cometido vital nada fácil de cumplir, pero, entre más años acumulemos o mayores responsabilidades tengamos en los ambientes en los que nos desarrollemos, más obligados estamos a ser modelos válidos, virtuosos y dignos de imitar. Y si, aunque no tengamos la intención de hacerlo, vamos dejando huella, debemos al menos procurar que esta sea positiva.

Lo anterior nos lleva a poner intención en lo que hacemos, en lo que decimos, todos los días. Es una manera de contribuir a la construcción de armonía familiar, laboral y social, y de que nuestro paso por la vida, por donde hayamos transitado, valga la pena.

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