El derecho a pensar diferente

Muchas veces, pensar igual a los demás solo obedece al propio temor de discrepar, a la propia comodidad y hasta al temor de perder algunos privilegios.

Hay un axioma que dice que en cualquier empresa en que dos directivos piensan exactamente igual, uno sale sobrando. Las opiniones diferentes generan el debate que suele sacar a luz las mejores ideas. Debemos, pues, reconocer “el derecho de pensar diferente”. Cuando veo a la gente enojarse porque otros no piensan exactamente igual a ellos, pienso en lo aburrido que sería en el fútbol si todos le fueran al mismo equipo. ¿Y en la política? ¿Qué pasaría si todos, absolutamente todos, apoyáramos al mismo candidato? Y pasa con mil otros tópicos sobre los cuales la gente difiere diariamente.

Fromm, en su tratado sobre la desobediencia, comienza con estas palabras: “Reyes, sacerdotes, señores feudales, patrones de industrias y padres de familia han insistido durante siglos en que la obediencia es una virtud y la desobediencia un vicio”. Y a lo largo de sus escritos nos hace ver que ni es cierto que todas las obediencias sean buenas ni mucho menos que todas las desobediencias sean malas. ¿Piense usted qué hubiera sucedido si Galileo no discrepa de todo el sentido común, tan equivocado, del siglo XVI? ¿Qué hubiera pasado si Moisés no hubiera pensado diferente al faraón y sus consejeros en Egipto respecto al pueblo de Israel, entonces esclavo? ¿Existirían los aviones si nunca se hubiera cuestionado la idea, tan difundida en el siglo XIX, de que, si Dios hubiera querido que los humanos voláramos, nos hubiera puesto alas? Pero la tecnología, que desarrolló aviones, televisores, computadoras, IA, nunca hubiera sido posible si no se hubiera pensado diferente a “esos sabios del pasado”.

Muchas veces, pensar igual a los demás solo obedece al propio temor de discrepar, a la propia comodidad y hasta al temor de perder algunos privilegios. Y cuando le digan que hay mucha gente que respalda cierta idea, recuerde que un error, por el hecho de repetirse muchas veces, no se convierte en acierto. Si lo duda, piense si actuaba con justicia la multitud que pidió condenar a Cristo y soltar a Barrabás.

LO NEGATIVO: Percibir incorrectamente como enemigo a todo aquel que no piense como nosotros.

LO POSITIVO: Aprender a analizar el punto de vista de los demás y, aunque no lo aceptemos, respetar el derecho que tienen de pensar diferente.

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