Morazán

Morazán fue un hombre autodidacta. No asistió a la escuela y aprendió las primeras letras con maestras particulares en la villa de Tegucigalpa, debido a la falta de escuelas.

Francisco Morazán es la figura central de la historia centroamericana. Así lo valoró Álvaro Contreras. Y Álvaro Canales, el extraordinario pintor hondureño que hizo su carrera en México, nos legó uno de los retratos más significativos del héroe, que trasluce su vigor y su visión democrática revolucionaria transformadora, con unas manos rudas forjadas en el enfrentamiento con quienes se opusieron al imperio de la ley.

Morazán fue un hombre autodidacta. No asistió a la escuela y aprendió las primeras letras con maestras particulares en la villa de Tegucigalpa, debido a la falta de escuelas; en Tegucigalpa pudo leer a los enciclopedistas franceses en la biblioteca de Dionisio de Herrera y estudiar los principios del derecho, auxiliado por la tutoría de León Vásquez, quien le enseñó derecho civil, proceso penal y notariado en su despacho de Tegucigalpa. Con estos conocimientos se desempeñó como defensor de oficio, asesor legal y notario, antes de iniciar su destacada carrera como estadista e ideólogo.

Esas lecturas y enseñanzas le llevaron a ser un militante en la lucha por la libertad de Centroamérica.

El continente americano se hallaba en una convulsión trascendental en su lucha por la libertad, iniciada con la declaración de independencia de las provincias norteamericanas sometidas por Inglaterra. Además, había ocurrido la Revolución Francesa y la proclamación de los derechos del hombre. En México, los patriotas se debatían contra las tropas realistas por la independencia y, en América del Sur, Bolívar deslumbraba con las hazañas heroicas de su espada y sus ejércitos.

Había en 1821 un fervor libertario que se acentuaba por la insatisfacción de las provincias de la Capitanía General de Guatemala por el trato desigual que recibían por parte de la empresa mercantil de la familia Aycinena, con su casa matriz en Guatemala. Los Aycinena, con el monopolio del comercio con España, no pagaban con justicia la producción de las provincias que exportaban a Madrid. Varias provincias, entre ellas Comayagua, se habían adherido al Plan de Iguala y al Imperio Mexicano en formación.

Cuando el 15 de septiembre se proclama la independencia en Guatemala, aupada por el clamor del pueblo que quería ser libre, Gainza y Mariano de Aycinena no cumplen con el compromiso que tenían con Iturbide de adherirse a México.

El 28 de septiembre de 1821 llegó a Honduras la noticia de la proclamación de la independencia en Guatemala. Comayagua la rechazó porque los intereses de esa provincia estaban ligados a México, mientras en Tegucigalpa la noticia causó algarabía: quemaron pólvora, repicaron las campanas, celebraron un Te Deum y firmaron un acta de adhesión a la independencia. Morazán, aún muy joven, estaba en la plaza echando vivas a la independencia.

La independencia de Guatemala fue fugaz porque en enero de 1822, Gainza y Aycinena, apoyados por los Ayuntamientos, aprobaron adherirse a México ilegal e inconsultamente. Esta asociación con México igualmente fue transitoria porque en 1823 cae el imperio y convocan al Congreso que proclama la independencia absoluta de España, de México y de cualquier otra potencia y funda las Provincias Unidas de Centro América, transformadas luego en República Federal de Centro América.

Hay una convocatoria para elegir las autoridades supremas. José Cecilio del Valle sale ganador, pero los Gainza y los conservadores eligen al liberal José Manuel Arce, a quien convierten en un monigote sin mando. Con la asesoría de Aycinena, Arce intenta apoderarse del gobierno de los Estados.

Es cuando aparece la figura extraordinaria de Morazán al frente de un ejército de soldados hondureños, nicaragüenses y salvadoreños, el Ejército Protector de la Ley, con el cual emprende una campaña victoriosa que libera a El Salvador, derrota a los tiranos de Guatemala y promueve la formación de un gobierno transitorio. En las elecciones Morazán resulta electo presidente de la Federación y toma posesión para ejercer en un gobierno caracterizado por la implantación de reformas liberales muy avanzadas: declara la enseñanza laica, confisca los bienes de la Iglesia y elimina el diezmo, promueve las escuelas y el matrimonio laico y reorganiza las finanzas. Los conservadores montan una campaña de mentiras, aprovechando la ignorancia de los indígenas, a quienes les hacen creer que Morazán es el demonio.

Una horda sanguinaria de indígenas liderados por Carrera toma el poder y desintegra la Federación. Morazán va al exilio y luego retorna para reiniciar la lucha para restaurar la Patria Grande. En ese empeño cae prisionero y es fusilado. Fusilado su cuerpo, porque su ideal centroamericano sigue más vivo que nunca.

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