Recuerdo que desde joven siempre sentí una cierta pena por aquellos personajes encargados de cuidar residencias y bodegas por las noches, acompañados únicamente de un machete y una lámpara de mano, y a quienes les llamaban guachimanes (del inglés watchman). Siempre me pareció que era una de las labores más ingratas a realizar: vigilar mientras los demás dormían. Y generalmente se dedicaban a eso toda su vida entera.
Con el paso de los años y de la complejidad de la vida, se fueron creando las compañías de seguridad privada para proteger, además, negocios, oficinas y bancos, a tal grado que ahora hasta se ven en restaurantes, bares y pulperías. El guardia de seguridad es conceptualizado como parte del mobiliario. Dependiendo de la compañía de seguridad, así serán sus guardias, de tal manera que siempre habrá unos con mejor apariencia y educación que otros. Obtienes lo que pagas.
A finales de 2024 había 42,227 guardias registrados en Honduras, distribuidos en 1,699 empresas de seguridad privada, según datos de la Secretaría de Seguridad. Para 2026, el salario mínimo de la rama “servicios comunales, sociales y personales, seguridad y limpieza” depende del tamaño de la empresa: va de L13,050.39 a L18,444.80 mensuales.
El sueldo que la mayoría de los guardias reciben generalmente es menor: en junio de 2026, el viceministro de Trabajo denunció casos de pagos reales de L8,000, aunque las planillas mostraban L12,000 o L13,000, además de jornadas de 10 u 11 horas sin el pago correspondiente. En el país están sujetos a las leyes laborales ordinarias: salario mínimo, jornada máxima ordinaria, pago de horas extras con recargo, descanso semanal y feriados, decimocuarto salario y aguinaldos, seguro social y condiciones de trabajo seguras.
Esto no se cumple para la mayoría. Esta actividad laboral impresiona ser más ardua ahora que antes. En el pasado, por lo menos, había una relación personal del vigilante con sus patrones. En la actualidad es de esos trabajos marcados por la ingratitud y el desprecio. Es un trabajo de “tómalo o déjalo”. Por su necesidad de tener un trabajo y sostener sus familias, son tratados como esclavos, sin ninguna consideración, y en muchos casos abusan de su necesidad, sometiéndolos a jornadas extendidas por el mismo salario.
Por las características de su trabajo, cuanto mejor arma carguen, más peligroso para ellos. Ya hay muchos casos documentados en los que son asaltados y asesinados para robarles el arma. Son carne de cañón.
Muchos aducirán que por lo menos tienen un trabajo, pero eso es un consuelo mezquino.
En este planeta es ridículo hablar de justicia social. La historia demuestra que hasta el comunismo dejó a los obreros en la estacada. La justicia social en estos países bananeros es un cliché.
En la modernidad actual, las personas se decantan por la frivolidad, la ostentación, la moda en todas las áreas, el egoísmo, el beneficio personal a costa de lo que fuere, la falta de compasión, el desdén por el desposeído. Inclusive los gurús de la motivación personal lucen completamente absortos en encasillarse en un discurso vacío, estereotipado, lleno de mensajes rimbombantes, con palabras rebuscadas y de moda. En estos dorados tiempos de las redes sociales, la frivolidad marca el paso.
Hay que intentar ser amables y justos con los demás. La generalidad de las personas la están pasando mal.
“Hay un punto en el que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra fatal: los miserables” (Víctor Hugo).