La Biblia presenta a Satanás como un ser espiritual que ejerce una poderosa influencia maligna, aunque de manera sutil, en todas las sociedades del mundo. Ahora bien, es interesante notar que en la carta que Jesús le envía a la iglesia de Pérgamo, según Apocalipsis 2.12-17, se dice que aquella ciudad era un lugar donde Satanás no solo ejercía su influjo, sino que era donde se encontraba su trono.
Esto último me lleva a plantearme algunas preguntas. La primera es: ¿Qué hace que un país, una ciudad o una comunidad lleguen a convertirse en un “trono de Satanás” hoy?
Al considerar el caso de Pérgamo y el de otras ciudades que, a lo largo de la historia bíblica, se distinguieron por ser grandes centros de oposición a Dios, como Babilonia y, más tarde, Roma, es posible identificar algunos rasgos comunes que responden a este interrogante. Se trata de lugares donde el pecado no solo se practica, sino que se normaliza e incluso se celebra; donde la injusticia deja de ser una excepción para convertirse en parte del sistema; donde reina el egoísmo; donde la mentira desplaza a la verdad; donde el liderazgo se corrompe y utiliza su poder solo para beneficio personal; y, sobre todo, donde se rechaza deliberadamente a Dios, su Palabra y el evangelio de Jesucristo.
Entonces, ¿Qué debemos hacer para que Satanás no se entronice en nuestra familia, comunidad, ciudad o país? La respuesta es clara: volvernos a Dios y a su Palabra. Porque cualquier grupo social que no desarrolla temor a Dios, no abraza Sus preceptos y no se aleja del pecado está destinado a la ruina y a su propia destrucción.
Por último, y no menos importante: ¿Tiene Satanás su trono en Honduras, a pesar de ser un país que se identifica como cristiano? La respuesta debe ser examinada a la luz de la realidad que vivimos como nación. Cada persona puede juzgar por sí misma al observar los acontecimientos, los valores que predominan y las decisiones que se toman en nuestra sociedad. Sin embargo, algo que no debemos olvidar es que ninguna acción es espiritualmente neutral. Cada acto que realizamos, por muy pequeño que sea, o ayuda a que el Reino de Dios avance o hace que Satanás se instale cómodamente en nuestra sociedad, con todos sus calaches y su terrible séquito.