Por la sangre de Cristo, Dios nos acepta como suyos. Consecuentemente, los creyentes, que una vez éramos huérfanos, ahora somos hijos adoptivos de Dios.
La verdadera grandeza del ser humano no se mide por la fama o el reconocimiento de los demás, sino por la humildad y el trato amable para con el prójimo.