“Hay fe que se arrodilla ante el altar y fe que se arrodilla ante el mercado, y pocas veces son la misma fe”. En Brasil, mientras escribo esto, las encuestas muestran algo que parece una paradoja y, en realidad, es historia pura. Entre los católicos, Lula le gana a Flávio Bolsonaro 48% contra 29%. Entre los evangélicos, Bolsonaro le gana a Lula 46% contra 27%.
El mismo país, la misma elección, dos cristiandades votando en direcciones opuestas. La explicación no es nueva, aunque en Honduras rara vez la discutimos con el detalle que merece. Durante las dictaduras militares del Cono Sur y Centroamérica, un sector amplio de la Iglesia católica latinoamericana se jugó el pellejo por los pobres, literalmente.
La teología de la liberación, con nombres como Óscar Romero, nació en esa trinchera, y ese ADN de opción preferencial por los humildes sigue goteando hoy en obispos como nuestro cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, que repite sin cansarse que “la opción por los pobres no puede quedar en frase, no puede ser poética”.
El evangelismo pentecostal, en cambio, creció en las últimas tres décadas de la mano de una teología de la prosperidad importada del norte, donde la bendición divina se mide en bienestar material, la pobreza se lee casi como un pecado de poca fe y el éxito personal se interpreta como señal de gracia. No es casualidad que esa misma gramática religiosa encaje tan bien con el individualismo del libre mercado, con el emprendedor como nuevo santo y el Estado como el demonio que hay que recortar.
En Argentina, Javier Milei construyó buena parte de su legitimidad moral reuniéndose con pastores y redes evangélicas que piden derogar el aborto y rechazan la agenda de género, el mismo paquete doctrinal que casi siempre acompaña, templo adentro, a su libertarismo económico más duro, ese que sueña con un Estado reducido al mínimo y un mercado sin más árbitro que la oferta y la demanda.
En Honduras acabamos de ver algo parecido: la Confraternidad Evangélica celebrando públicamente el triunfo de Nasry Asfura, mientras la jerarquía católica, con Rodríguez Maradiaga a la cabeza, sigue señalando con nombre propio las fallas del sistema económico que ese mismo triunfo probablemente no va a tocar.Pero hay un giro en esta historia, aquello que de verdad me ha dejado asombrado. Esa misma institución católica, marcada durante años por escándalos de abuso infantil, fue la que, en mayo pasado, publicó el documento más contundente que ha salido de cualquier esfera moral contra los dueños de la inteligencia artificial.
En su encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV advierte que la riqueza mundial se concentra en cada vez menos manos, que la inteligencia artificial “no puede considerarse moralmente neutra” y que violar los estándares laborales en la economía digital, incluyendo la extracción minera para los chips que mueven estos sistemas, constituye “una nueva forma de esclavitud y colonialismo”.
Ningún tanque de pensamiento progresista en Washington ni ningún sindicato europeo ha sido tan directo contra Silicon Valley como el Vaticano. El documento llega, además, firmado por un papa que tomó el nombre de León precisamente en honor a León XIII, aquel que en 1891 escribió Rerum Novarum para ponerle límites morales a la revolución industrial. Ciento treinta y cinco años después, la fábrica cambió de forma, pero el reclamo sigue siendo, casi palabra por palabra, el mismo.
Qué extraño que la misma Iglesia que tuvo que pedir perdón de rodillas por sus propios crímenes sea hoy, al menos en el papel, la voz más clara contra la acumulación obscena de poder digital. ¿Será que las instituciones, como las personas, también pueden arrepentirse en serio, o es solo que al papado le conviene, por fin, pelear una batalla que no lo deja mal parado?