Un hombre astuto y mañoso puso en venta una casa. Otro hombre deseaba comprarla, pero sus limitaciones económicas le impedían pagar el precio completo que el dueño exigía. Después de una breve plática, el propietario aceptó vendérsela por la mitad del precio original. Sin embargo, puso una condición muy extraña: él conservaría la propiedad de un pequeño clavo que sobresalía sobre la puerta principal de la casa. El comprador pensó que aquello no tenía mucha importancia por lo que aceptó el trato sin prestarle mayor atención. Pagó el dinero acordado y se mudó con su familia.
Luego de algunas semanas, el dueño original apareció inesperadamente en el inmueble. Mandó a llamar al nuevo propietario y le manifestó que deseaba comprarle la vivienda. Como era de esperarse, el nuevo dueño se negó a vendérsela, pues él y su familia acababan de mudarse allí y apenas comenzaban a establecerse en el lugar.
Entonces, el antiguo propietario decidió sacar ventaja de la única cosa que todavía le pertenecía: el clavo. Un día regresó con la carroña de un perro muerto y la colgó de él. El mal olor se volvió insoportable. Esta situación se repitió varias veces, hasta el punto de que la familia ya no pudo seguir viviendo allí. Finalmente, se vieron obligados a vender la casa al dueño del clavo, y lo hicieron por un precio menor del que habían pagado originalmente.
Algo parecido ocurre a nivel espiritual. Muchas veces pensamos que ciertos pecados o malos hábitos son demasiado insignificantes como para preocuparnos. Pero cuando dejamos una pequeña área de nuestra vida sin entregar a Dios, esa grieta diminuta, ese punto débil, puede convertirse en la oportunidad que Satanás utilizará para entrar y destruir nuestra vida y la de nuestra familia. Ante esto, la única protección viable se encuentra en rendir cada compartimento de nuestro ser a Dios. Cuando Cristo es el Señor de toda la casa, el enemigo no tiene ningún clavo del cual colgar sus porquerías.