San Pedro Sula, Honduras
La primera entrega mostró el punto de máxima vulnerabilidad: el 30 de noviembre de 2025 concentró el golpe más visible, sobre todo con encuestas falsas.
En esta segunda parte, la investigación conjunta de EH Verifica y LA PRENSA Verifica explica el mecanismo: la desinformación electoral se construyó para parecer prueba. No se movió, principalmente, como “chisme”, sino como piezas con estética de evidencia: recortes, frases atribuidas, documentos aparentes y videos fabricados.
En el registro de 96 incidentes, las técnicas más frecuentes fueron “sacado de contexto” (25 casos), “deepfake” (17) y “cita falsa” (16). Les siguieron “hechos falsos” (13), suplantación (8) y manipulación digital (5).
El patrón es consistente: una pieza falsa y engañosa intenta reducir la duda del público imitando una fuente, un documento o una escena “real”.
Esos formatos que aparentemente transmiten "evidencia" son parte de la tendencia regional de la desinformación, según explicó David Bolaños, editor del medio costarricense Doble Check, miembro de LatamChequea, como lo es EL HERALDO y LA PRENSA.
"Un video que tenga segmentos fabricados o tenga clips de video de entrevistas que sí sucedieron, ayuda a que el contenido sea más creíble", opinó.
Para qué se hizo
La investigación clasificó la intención predominante y encontró que el objetivo central era reencuadrar la realidad electoral.
En 39 de 96 casos (40,6%), la intención fue distorsionar: alterar el sentido de hechos, imágenes o declaraciones para inducir otra lectura. Luego aparecen piezas orientadas a desacreditar (18; 18,8%), dividir (13; 13,5%) y distraer (11; 11,5%).
También se documentaron contenidos para desalentar (10; 10,4%) y descartar (4; 4,2%).
Esa distribución importa porque muestra una estrategia más amplia que “decir mentiras”: busca instalar un marco mental de sospecha. Si el público interpreta la elección como un proceso inherentemente dudoso, cualquier conflicto posterior se vuelve más creíble, aunque no tenga pruebas.
En plataformas, el flujo se concentró en TikTok (42 incidentes; 43,8%) y Facebook (41; 42,7%). X (7; 7,3%) y WhatsApp (5; 5,2%) operaron como canales secundarios de amplificación y redistribución. La desinformación aprovechó la velocidad del video corto y la fuerza del reenvío comunitario.
¿A quién golpeó?
Al mirar a los blancos, la intención se vuelve tangible. Los principales destinatarios del ataque o la distorsión fueron candidatos políticos (37; 38,5%) y actores políticos (22; 22,9%). En conjunto, concentran el 61.4% de los incidentes, casi dos de cada tres piezas.
Les siguen instituciones del Estado (15; 15,6%), un objetivo especialmente sensato en las elecciones porque su credibilidad sostiene el arbitraje y la aceptación de resultados.
El componente de inteligencia artificial (IA) aparece como deepfake: 17 incidentes (17,7% del total). En términos simples, este formato aumenta el poder persuasivo porque “se ve” como evidencia audiovisual, justo en plataformas donde el consumo rápido deja poco espacio para detenerse a comprobar origen, fecha o autenticidad.
La suplantación —8 incidentes— refuerza el mismo problema por otra vía: no solo miente, también se disfraza de fuente autorizada. Al copiar nombres, logotipos o estilos de comunicación, una pieza falsa entra a la conversación con ventaja, porque parece institucional o confirmada.
La escala explica por qué esto importa fuera de la pantalla: la desinformación electoral acumuló 6.233.034 visualizaciones y 16.597 compartidos (6.249.631 interacciones agregadas).
Con esa exposición, el daño no depende de que la gente “crea todo”, sino de que una parte suficiente queda con la duda sembrada.
En ese sentido, Carmen Beatriz Fernández, experta venezolana en comunicación política y procesos electorales, señaló que lo que distingue a una operación de desinformación no es solo la manipulación del contenido, sino su difusión deliberada para lograr un mayor impacto.
“La desinformación digital, o la capacidad de alterar videos o un pantallazo para hacer decir a alguien niño algo que no dijo, está hoy por hoy al alcance de cualquier niño. Pero no cualquier tiene la capacidad de amplificarlo normalmente”, comentó.
Agregó que “la capacidad de amplificación es lo que distingue a una operación de desinformación: ese esfuerzo deliberado por interferir electoralmente y alterar las narrativas”.
Por esa misma línea, Denis Gómez, exmagistrado del Tribunal Supremo Electoral (TSE), advirtió que la desinformación electoral no solo busca influir en la decisión de los votantes, sino también manipular datos reales para favorecer a un partido político.
"A nivel de buscar cómo incidir en la conducta de los ciudadanos electores para torcer las realidades, tanto en el sentido de la promoción de la votación como en el de la manipulación pura de los datos reales para favorecer a una ideología de un partido en particular", afirmó el además catedrático de la maestría de Ciencias Políticas y Gestión Electoral (UJCV) de Tegucigalpa.
La tercera entrega, que se publica este miércoles 25 de marzo, cierra la serie con el “día después”: qué pasó tras el 30N, cuando subió el odio y la emoción se convirtió en combustible para sostener la sospecha.