San Pedro Sula, Honduras
Antes, un video fabricado con inteligencia artificial (IA) podía llamar la atención precisamente por lo extraño que resultaba. Su aspecto, sus movimientos o su sonido ofrecían pistas de que algo no encajaba.
Hoy, un contenido sintético puede entrar en la conversación pública con la apariencia de una grabación corriente: una declaración política, una protesta, un encuentro entre presidentes o el testimonio de un ciudadano.
La IA se ha incorporado así al trabajo habitual de quienes desinforman. Si una afirmación falsa necesita una fotografía, pueden crearla. Si requiere que alguien parezca decir una frase, pueden fabricar una voz o alterar un video.
Y si el relato necesita testigos, pueden producir personas que hablen frente a una cámara sin haber existido fuera de esa pantalla. La imagen, el audio o el video ya no dependen necesariamente de que haya ocurrido algo susceptible de ser grabado.
Ese es el cambio central: los deepfakes pasaron de ser una rareza llamativa a funcionar como un recurso dentro del ecosistema de la desinformación. No reemplazaron las citas falsas, los montajes convencionales ni los hechos sacados de contexto. Se sumaron a ellos y ampliaron lo que un desinformador puede presentar como prueba.
El término deepfake suele emplearse para referirse a imágenes, audios o videos creados o modificados con IA que simulan personas o situaciones reales.
La experiencia de EH Verifica y LA PRENSA Verifica permite observar esa integración en Honduras. Entre enero y julio de 2026, ambos equipos desmintieron 393 bulos: 66 fueron clasificados como deepfakes.
Los demás utilizaron otras modalidades, entre ellas citas inventadas, información descontextualizada y hechos falsos. Se trata de los contenidos detectados y verificados por las redacciones, no de un censo de toda la desinformación que circuló en el país.
Aun con ese límite, los 66 casos muestran que el contenido sintético ya forma parte del trabajo cotidiano de verificación.
Recurso disponible
La IA no inventó la manipulación visual. Una fotografía podía editarse y un video podía cortarse de manera engañosa mucho antes de que se popularizaran las herramientas generativas. Lo que estas añadieron fue la posibilidad de producir con rapidez materiales nuevos y adaptarlos al asunto que ocupa la atención pública.
En 2025, LA PRENSA Verifica documentó una campaña en redes sociales que mostraba hasta qué punto esa posibilidad había llegado a la política hondureña. Desde el 1 de junio identificó más de 52 videos generados con IA en dos cuentas de TikTok e Instagram.
En ellos aparecían supuestos ciudadanos que elogiaban al entonces alcalde capitalino Jorge Aldana o atacaban a su rival Juan Diego Zelaya. Los clips no advertían que el contenido era artificial.
La investigación no encontró evidencia concluyente de que las cuentas estuvieran vinculadas con la campaña de Aldana, y la Alcaldía negó una relación oficial.
La relevancia de ese caso está en la repetición. No se trataba de un video aislado que aprovechaba una curiosidad tecnológica. Eran decenas de piezas capaces de representar, una y otra vez, testimonios ciudadanos favorables o adversos a candidatos.
El formato permitía dar apariencia de respaldo espontáneo a mensajes producidos digitalmente.
Algo semejante se observó al comienzo del gobierno de Nasry Asfura. Una investigación de EH Verifica y LA PRENSA Verifica encontró más de 60 bulos difundidos entre el 27 de enero y el 6 de mayo de 2026. Al menos uno de cada cuatro recurrió a IA, manipulación visual o alteraciones audiovisuales.
Esa es una categoría conjunta: el dato no significa que una cuarta parte fuera exclusivamente contenido generado por IA.
La revisión identificó escenas políticas inexistentes construidas alrededor de encuentros diplomáticos, combustibles y otros asuntos que ya formaban parte del debate público.
Ambas investigaciones retratan la misma adaptación. El desinformador parte de un tema real y produce el material que necesita para alterar su significado: un gesto entre mandatarios, una reacción ciudadana, una declaración o una escena de crisis.
El deepfake deja de ser el tema del contenido y se convierte en el medio para contar una historia falsa.
Fabricar para el bulo
La facilidad para generar materiales cambia la construcción de una mentira. Una afirmación inventada puede difundirse como texto, pero una imagen aparentemente tomada en el lugar de los hechos le proporciona algo más: la impresión de que existe un registro.
Un audio agrega una voz reconocible. Un video reúne rostro, movimiento, sonido y entorno en una sola pieza que parece documentar lo sucedido.
Ahí radica la utilidad de la IA para los desinformadores. Les permite llenar un vacío de evidencia sin esperar a que exista una fotografía aprovechable o una grabación que puedan editar.
También les permite ajustar el contenido a la coyuntura. Si el debate gira en torno a una decisión del Gobierno, pueden fabricar una supuesta explicación del presidente. Si se discute una reunión internacional, pueden crear la imagen de un encuentro o atribuir a sus protagonistas un gesto que nunca hicieron.
Esa capacidad coincide con lo observado por EFE Verifica en su análisis sobre la integración de la IA en la desinformación. Su revisión de contenidos investigados entre septiembre de 2025 y abril de 2026 encontró materiales sintéticos relacionados con acontecimientos de gran interés público, entre ellos la captura de Nicolás Maduro y la guerra de Irán.
La IA aparecía en asuntos donde había tensión, demanda de imágenes e información todavía incompleta. EFE Verifica también distinguió entre escenas creadas desde cero, materiales auténticos alterados y contenidos reales acompañados de afirmaciones falsas.
Los registros europeos ofrecen una medida de la presencia que estos casos adquirieron en el trabajo de verificación. En marzo de 2026, 338 de los 1,690 artículos aportados por 34 organizaciones a la red del Observatorio Europeo de Medios Digitales (EDMO) trataron contenidos creados o manipulados con IA: el 20%.
Ese mismo mes, EFE Verifica informó que los contenidos sintéticos representaron el 34% de sus propias comprobaciones. Los porcentajes corresponden a universos distintos y no miden todas las publicaciones que vio el público.
Tampoco pueden aplicarse a Honduras. Sí muestran que, en esas redacciones, verificar contenido con IA dejó de ser una tarea ocasional.
La regularidad cambia la verificación
La incorporación de los deepfakes obliga a examinar de otro modo una publicación. Una escena puede contener defectos visibles que ayuden a detectar su fabricación, pero la ausencia de esos defectos no prueba que sea auténtica. Hace falta rastrear quién la publicó primero, buscar versiones anteriores, contrastarla con registros independientes y comprobar si el hecho representado ocurrió.
La dificultad va en ambos sentidos. EFE Verifica documentó publicaciones que acusaban falsamente de haber sido creados con IA a contenidos auténticos. En marzo identificó seis verificaciones de miembros del observatorio ibérico Iberifier relacionadas con esa práctica. Cuando se vuelve común encontrar imágenes sintéticas, también resulta más fácil intentar desacreditar una grabación real diciendo, sin pruebas, que es un deepfake.
Por eso, verificar la desinformación con IA exige más que decidir si una imagen «parece falsa». Hay que comprobar la afirmación completa. Una imagen puede ser artificial aunque el acontecimiento al que alude sea real; una grabación puede ser auténtica aunque la descripción que la acompaña mienta.
Las herramientas de detección ayudan a investigar, pero la conclusión periodística requiere contrastar fuentes y reconstruir el contexto.
En Honduras ya hay evidencia suficiente para afirmar que los deepfakes no son casos aislados dentro de los contenidos que llegan a EH Verifica y LA PRENSA Verifica. Para cuantificar cuánto ha aumentado su proporción con los años, todavía haría falta una serie de períodos completos analizados con los mismos criterios.
Esa precisión no debilita el hallazgo: delimita lo que muestran los datos.
La IA se integró en la desinformación porque resuelve una necesidad concreta de quienes fabrican bulos. Cuando necesitan mostrar algo que no ocurrió, ahora pueden producir una imagen, una voz o una escena y ponerla a circular mientras el público intenta entender un hecho real.
La tarea de verificar empieza, cada vez más, por separar lo que una pantalla muestra de lo que puede demostrarse que sucedió.