Indiana y María Catalina: dos rostros de la soledad en San Pedro Sula

“La pobreza nunca me permitió soñar”: historias de adultos mayores que sobreviven en las calles de San Pedro Sula. La tercera edad en las calles revela una realidad marcada por pobreza y olvido

  • Actualizado: 01 de marzo de 2026 a las 14:32 -
Indiana y María Catalina: dos rostros de la soledad en San Pedro Sula
San Pedro Sula, Honduras

Desde tempranas horas del día, adultos mayores salen a las calles de San Pedro Sula, en el norte de Honduras, para buscar el pan diario en una etapa de la vida que debería estar marcada por el descanso y la tranquilidad del hogar.

Aunque no existe un censo que determine cuántos adultos mayores deambulan por la ciudad mendigando o trabajando de manera informal, es frecuente verlos en las esquinas del centro sampedrano.

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Según la Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples de julio 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 14.7% de la población hondureña tiene 60 años o más, lo que equivale a 1,479,420 personas. Según los resultados de la encuesta, las personas de 60 años y más se tardan en promedio 2.5 meses en encontrar trabajo.

Los adultos inactivos suman 944,224 personas (65.8% mujeres y 34.2% hombres), de los cuales el 42.7% se dedica a los quehaceres del hogar, el 26.2% por su edad no puede trabajar, el 11.8% están con capacidades especiales o enfermos de gravedad y el 11.8% están jubilados.

El artículo 2 de la Ley Integral de Protección al Adulto Mayor establece: “Fomentar en la familia, el Estado y la sociedad una cultura de aprecio a la vejez para lograr un trato digno, favorecer su revalorización y su plena integración social”. Sin embargo, en las aceras y semáforos de la ciudad, esa promesa parece lejana.

LA PRENSA conversó con dos adultos mayores y conoció las historias detrás de su realidad. Indiana Matilda Pacheco es una hondureña que sobrevive día a día en las calles de San Pedro Sula. Como ella, hay muchas vidas marcadas por el abandono, la pobreza y el olvido que esperan ser escuchadas.

LA PRENSA conversó con adultos mayores en las calles y conoció las historias detrás de su realidad.

Medir el tiempo con la luz del sol

Sin reloj, sin prisas y encomendándose a Dios a cada instante, así camina Indiana Matilda Pacheco, una mujer que a sus 86 años ha aprendido a medir el tiempo con la luz del sol.

Cada mañana sale de su casa en Montefresco, sector sureste de la ciudad, y camina hasta el centro de San Pedro Sula para sentarse en el borde de una acera y esperar la ayuda de las personas. Regresa alrededor de las 2:00 pm. Cuando el cansancio es mayor, toma el bus con el apoyo económico que recibe.

En noviembre cumplirá 87 años. Indiana asegura que no padece ninguna enfermedad crónica. Aunque su cuerpo evidencia el paso del tiempo, su memoria conserva intactas las huellas de una vida marcada por la pobreza, el trabajo y la fe.

Una infancia sin escuela, pero con esperanza

Indiana solo cursó el primer grado. Las maestras nunca lograron comprenderla, lo que le impidió continuar sus estudios. Cuenta que, desde muy pequeña, los médicos le diagnosticaron que era sordomuda.

Su familia, en condición de pobreza y sin educación formal, no sabía cómo afrontar la situación, y durante años vivió en silencio. Sin embargo, los médicos también dijeron que existía esperanza y, a los 16 años, comenzó a hablar y a escuchar poco a poco. Ella lo describe como un milagro de Dios.

Sus primeras palabras fueron “comanda”, intentando decir “comida”. Se crio con su abuela. Su madre murió de cáncer cuando era apenas una niña y creció en un entorno de analfabetismo y carencias que no daban espacio para soñar.

“La pobreza nunca me permitió soñar”

“La pobreza nunca me permitió soñar”, confiesa Indiana Matilda Pacheco al recordar una infancia marcada por el trabajo y la necesidad.

Desde muy pequeña cuidó niños, trabajó en casas y se desempeñó como cocinera para sobrevivir. Mientras otros adolescentes descubrían ilusiones, ella aprendió a resistir en medio de las carencias.

Formó su hogar, pero años después enfrentó uno de los golpes más dolorosos: la muerte de su esposo a causa de un infarto. Tiene una hija de 60 años que trabaja en la limpieza de una escuela. Aunque la vida no ha sido sencilla y pasa muchas horas en la calle, asegura sentirse bendecida y agradecida por la ayuda que recibe de personas solidarias y por no haber sufrido ningún daño.

Cuando tenía 20 años, viajó a Bélgica en busca de un mejor futuro, pero la experiencia fue difícil. Hoy, mientras camina despacio en medio del ritmo acelerado de la ciudad, deja un mensaje a los jóvenes: “Cuiden y amen a su familia, porque es el verdadero tesoro de la vida”.

El silencio como reflejo de una vida dura

A sus 76 años, María Catalina Guzmán deambula todos los días por el bulevar Morazán desde las 11:00 am hasta horas de la tarde. Permanece largas jornadas en el mismo lugar.

No tiene familia y vive sola en una vivienda que describe como “una champita” en Chamelecón, zona sur de San Pedro Sula. Pide dinero en los semáforos para cubrir sus necesidades básicas.

Doña María Catalina se mostró silenciosa y reservada. No quiso profundizar en su historia personal.

En su rostro se refleja la tristeza y el cansancio provocado por las altas temperaturas de la ciudad. Con frecuencia es rechazada por conductores, una escena que evidencia una realidad que muchas veces se prefiere ignorar.

No cuenta con alguien que vele por su bienestar diario, por lo que recurre a la mendicidad para sobrevivir.

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Hogar para ancianos

En San Pedro Sula existen asilos como el Hogar San Vicente de Paúl, el Asilo de Ancianos Perpetuo Socorro, dirigido por la Municipalidad; la Residencia Casa Mayor y la Residencia de Ancianos Margarita Naseau.

En el Perpetuo Socorro se brinda alojamiento, alimentación, cuidados básicos y un ambiente hogareño a personas de escasos recursos, sin familia o en situación de abandono.

La Fiscalía Especial de Protección al Consumidor y Adulto Mayor debe velar por la defensa y protección de los derechos de las personas de la tercera edad. Tiene que actuar ante denuncias de abandono, abuso o vulneración de derechos hacia adultos mayores en las calles de la ciudad; aun así, es común ver personas de la tercera edad en condiciones de mendicidad y desprotección, lo que plantea interrogantes sobre el alcance real de su intervención.

La próxima vez que nuestras miradas se crucen con las de ellos, recordemos que no estamos viendo a un desconocido, sino a alguien que un día tuvo sueños, familia, trabajo y juventud, y que hoy depende de la solidaridad de otros.

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