Tesoros que no salvan

Lo que hacemos con nuestros recursos hoy tiene un impacto no solo en esta vida, sino, sobre todo, en la venidera. El problema no es tener, sino cómo usamos lo que tenemos.

  • Actualizado: 25 de abril de 2026 a las 00:00 -

En el siglo XVIII, un administrador de granjas acumuló una considerable fortuna tras años de explotar a los humildes granjeros que dependían de él. Cuando el gobierno le requirió el pago de ciertos impuestos, con descaro se excusó de pobreza. Pero temeroso de que, denunciado por alguna de sus víctimas, se hiciese registro de su casa, ordenó la construcción de un compartimento subterráneo, profundo y secreto, al que se accedía por una puerta oculta, para guardar allí todos sus tesoros.

Poco tiempo después, comenzó a circular la noticia de que el administrador había desaparecido. Se lo buscó por todas partes. Se preguntó en tabernas y caminos. Pero nadie supo dar razón de él. Los meses pasaron y, como el mundo no se detiene, su casa fue vendida. Los nuevos propietarios, al emprender las obras de reparación, dieron con una puerta disimulada en la pared con una llave puesta por fuera.

Cuando la abrieron, en el fondo de aquel sótano hallaron al administrador muerto, con un candil apagado en la mano. Tan profundamente había ido a enterrar sus tesoros que cuando la puerta se cerró accidentalmente no pudo hacer oír su voz. Y allí murió, miserablemente el avaro, en medio de su mal adquirida riqueza, sin que pudiera serle de utilidad alguna.

Esta historia no es solo del siglo XVIII, es de todos los tiempos. Y es la historia de todos aquellos corazones que eligen acumular en lugar de dar, que construyen bóvedas en lugar de puentes, que se parapetan en el sótano de su egoísmo, creyendo que allí estarán más seguros.

Jesús dijo en cierta ocasión: “Usen sus recursos mundanos para beneficiar a otros y para hacer amigos. Entonces, cuando esas posesiones se acaben, ellos les darán la bienvenida a un hogar eterno” (Lucas 16.9, NTV).

Lo que hacemos con nuestros recursos hoy tiene un impacto no solo en esta vida, sino, sobre todo, en la venidera. El problema no es tener, sino cómo usamos lo que tenemos. Porque al fin de cuentas, “de nada sirve que una persona sea dueña de todo el mundo, si al final se destruye a sí misma y se pierde para siempre” (Lucas 9.25, TLA).

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