Está claro que la paz es una condición indispensable para la consecución del desarrollo social y lograr el bien común. Para que se dé el clima necesario para lograr el despliegue de todas las potencialidades humanas, la paz es una exigencia vital.
Pero, evidentemente, no solo se trata de aspirar a la paz entre las naciones, sino, y sobre todo, a obtener la serenidad personal, a evitar las estridencias existenciales y convivir en armonía con nosotros mismos y con los prójimos más próximos. Porque cada uno de nosotros poco podemos hacer para, por ejemplo, lograr el desbloqueo del estrecho de Ormuz o que se acabe la invasión rusa a Ucrania, pero sí podemos poner los medios para que se genere un clima pacífico en cada uno de nuestros hogares, en el pueblo o la ciudad en que vivimos y en el país mismo.
Lo que sucede es que nadie puede dar lo que no posee, y, por lo mismo, si queremos ser personas que siembren paz en los distintos ámbitos en los que nos desenvolvemos, debemos comenzar por pacificarnos nosotros mismos, procurar la calma interior y abandonar ese nerviosismo permanente que nos vuelve portadores de inquietud en la familia en el trabajo y la sociedad.
El contexto no siempre ayuda. Muchas veces, basta con ver o escuchar las noticias o zambullirse en algunas redes sociales para perder la tranquilidad. A veces cuesta conciliar el sueño después de ver los últimos acontecimientos mundiales o locales. Pero, aun así, es posible dormir “a pierna suelta” y no tener pesadillas.
Y no se trata de ser irresponsable ni, como decía recientemente en una de estas columnas, carecer de conciencia o permanecer indiferente ante los problemas propios o ajenos. Pero conservar la serenidad, la paz interior, nos permitirá incidir positivamente en todos los lugares y entre todas las personas con las que interactuamos y aportar en la solución de la infinidad de dificultades que se suelen enfrentar en la vida real, tanto de manera individual como colectiva.
Para tener paz interior se requiere madurez. Ese estado del alma desde el que juzgamos con objetividad a las personas y los acontecimientos. Buscar la madurez debe ser una misión prioritaria para todos. Porque la inmadurez nos hace daño, nos vuelve ruidosos, hipersensibles e insoportables.
Sin ponernos nerviosos, observemos qué sucede a nuestro alrededor cuando hablamos o actuamos. Si la gente confía en nosotros, si no nos rehúye, vamos por buen camino. Si nos evitan, tenemos que trabajar más en cómo decimos las cosas, porque sacamos a flote lo que llevamos por dentro y podríamos estar llenos de insatisfacción o amargura.
En fin, examinémonos. Encontremos qué es lo que nos quita la paz interior y, si hace falta, busquemos ayuda para recuperarla.