Un hombre había sido contratado para instalar una alfombra nueva en una casa. Estaba muy contento porque había terminado el trabajo en menos tiempo del que esperaba. Mientras recogía sus herramientas, decidió revisar cuidadosamente cada rincón para asegurarse de que todo estuviera perfecto.
Sin embargo, al examinar la alfombra, descubrió una pequeña protuberancia en una esquina. Era un bulto bastante visible que arruinaba la apariencia lisa y ordenada del trabajo. El hombre pensó que quizá debajo había quedado alguna herramienta, un pedazo de madera o algún objeto olvidado. Pero no quería tener que levantar nuevamente toda la alfombra, pues eso significaría invertir una buena cantidad de tiempo, existiendo, además, la posibilidad de que se le complicara el trabajo.
De pronto, recordó que había perdido su cajetilla de cigarros. Entonces pensó: “¡Eso debe ser el bulto!”. Convencido de haber encontrado la explicación, decidió solucionar el problema rápidamente. Tomó su martillo y golpeó con fuerza la protuberancia varias veces, hasta que la alfombra quedó completamente plana y lisa.
Satisfecho con su ingeniosa solución, guardó sus herramientas, salió de la casa y se dirigió hacia su vehículo. Encendió el motor y, justo cuando estaba a punto de marcharse, miró sobre el tablero de instrumentos. Allí estaban sus cigarros. En ese mismo momento, escuchó a la señora de la casa gritarle desde la puerta: “Señor, ¿por casualidad ha visto usted a mi lorito?”.
Dice el dicho que, muchas veces, lo barato sale caro. El hombre de la historia tomó la opción “barata” de no invertir tiempo en levantar la alfombra y verificar qué había debajo. Prefirió el camino más rápido y cómodo: un golpe de martillo y listo. Esto es exactamente lo que enseña el refrán: lo que parece barato en el momento, el atajo, la solución rápida, la decisión que evita la molestia inmediata, casi siempre esconde un costo oculto que se paga después, y ese costo suele ser mayor que el que hubiéramos pagado haciendo las cosas bien desde el principio.
En la vida cotidiana, algo parecido se aprecia en aquella persona que enfrenta problemas legales porque no revisó bien un contrato para ahorrar tiempo; en el que arruina su reputación porque reparó una avería con un remiendo rápido en lugar de arreglar el problema de raíz; o en el que enfrenta un problema grande porque evitó tener esa conversación incómoda con alguien. En todos estos casos, la opción barata resultó siempre la más cara.