El 31 de octubre de 1517, un monje agustino y profesor de teología, Martín Lutero, dio a conocer en Wittenberg sus noventa y cinco tesis contra la venta de indulgencias. Lo que parecía una disputa académica y de posturas de comprensión terminó por reconfigurar la fe, la política, la educación y la cultura de Occidente. A más de quinientos años después, conviene preguntarse no solo qué ocurrió, sino por qué de su importancia.
Para comprenderlo, hay que mirar el contexto de comienzos del siglo XVI, cuando Europa atravesaba una profunda crisis religiosa y moral. La Iglesia acumulaba poder político y riqueza, la compra de cargos eclesiásticos era frecuente y las indulgencias se ofrecían como si el perdón pudiera comprarse con monedas. A ello se sumaban el humanismo renacentista, que invitaba a volver a las fuentes en búsqueda del equilibrio en todos los aspectos, y también se le sumó la imprenta de Gutenberg, que multiplicó los textos como nunca.
La Reforma suele resumirse en “Cinco Solas”: Sola Scriptura (solo la Escritura como autoridad suprema), Sola fide (la salvación por la fe), Sola gratia (por gracia), Solus Christus (solo Cristo como mediador) y Soli Deo gloria (toda la gloria solo a Dios). Detrás de todas está la convicción central de que la relación con Dios no depende de intermediarios ni de méritos comprados, sino de una gracia recibida. Otro aspecto resultante es que el sacerdocio es de todos los creyentes, se dignificó el trabajo cotidiano y rompió la idea de que solo el clero accedía a lo sagrado.
Su impacto excedió lo religioso. Al traducir la Biblia al alemán, con esto, Lutero buscó que cada persona pudiera leer las Escrituras, impulsando la alfabetización y las escuelas. Por otro lado, la defensa de la conciencia individual sembró ideas que, con el tiempo, nutrieron la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa.
Sería ingenuo, sin embargo, presentarla sin sombras de luchas o conflictos, ya que hubo guerras de religión y persecuciones. Otro legado, más discutido, es la llamada ética protestante. En 1905, el sociólogo Max Weber sostuvo que la idea de la vocación, según la cual todo trabajo honesto es un llamado de Dios, junto con la disciplina, el ahorro y la austeridad promovidos sobre todo por el calvinismo, favoreció el espíritu del capitalismo moderno. Trabajar con diligencia y reinvertir en lugar de derrochar pasó a verse como una forma de servir a Dios. Es allí donde la Reforma ayudó a revalorizar el trabajo y la responsabilidad personal ante los demás.
¿Y en América Latina? Aquí la historia es particular. La conquista se hizo bajo las monarquías católicas de España y Portugal, de modo que la Reforma quedó fuera. En tal sentido, la Inquisición vigiló durante siglos la entrada de libros e ideas protestantes. El protestantismo llegó con fuerza hasta en el siglo XIX, de la mano de las independencias y los gobiernos liberales que buscaban abrir libertades de culto y modernizar la educación. Misioneros y sociedades bíblicas distribuyeron Biblias, fundaron escuelas y organizaron iglesias evangélicas y reformadas, presbiterianas, metodistas y bautistas.
El siglo XX trajo el cambio decisivo. El pentecostalismo encontró en el continente un terreno fértil y se expandió entre los sectores populares con un mensaje de esperanza, comunidad y protagonismo de lo humano y social. Según distintos estudios, cerca de una quinta parte de los latinoamericanos se identifica hoy como protestante o evangélica, y en países como Guatemala y Honduras la proporción ronda cuatro de cada diez.
Ese impacto es visible y también debatible. A su favor, muchas comunidades evangélicas ofrecen redes de apoyo, educación, recuperación de adicciones y dignidad a quienes viven en los márgenes. En contra, algunas expresiones denominacionales han caído en el mercantilismo, el personalismo o una fe desentendida de la justicia social, justo lo que la Reforma Protestante criticó.
Lo cierto es que el corazón de la herencia reformada son las Sagradas Escrituras, la Biblia. Martín Lutero no la inventó, pero insistió en que debía estar en manos del pueblo y en su propio idioma. Tener una Biblia en casa no es lo mismo que leerla, y leerla no es lo mismo que dejarse transformar por ella. Corremos el riesgo de citar versículos sueltos para respaldar lo que ya pensamos, en lugar de escuchar lo que el texto dice, aun cuando incomode. Ser fieles al espíritu de la Reforma exige leer con humildad, con espíritu crítico y con disposición a ser corregidos, porque la Biblia no es un arma para ganar discusiones, sino una luz para caminar.
Recordar la Reforma no debe ser un ejercicio de nostalgia ni de triunfalismo, sino una invitación a revisar nuestras propias estructuras. ¿Qué indulgencias modernas vendemos o compramos hoy? ¿El éxito fácil, la fe sin compromiso, la religión como espectáculo? Volver a lo esencial de la Reforma, la gracia, la verdad y el amor, es el desafío vigente. La tradición reformada lo resumió en una frase latina: “ecclesia semper reformanda”, una iglesia siempre en reforma. Que Dios nos ayude a honrar a los reformadores, dejándonos reformar por la Palabra que ellos pusieron en nuestras manos.
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).