Hay países que reciben a un papa. Francia, en cambio, recibe también una pregunta sobre sí misma. La visita de León XIV ha tocado una fibra histórica que parecía dormida: ¿qué queda, y qué puede renacer, en aquella nación que durante siglos fue llamada la “hija primogénita de la Iglesia”? No hablamos de una relación accidental. Desde el bautismo de Clodoveo, Francia quedó profundamente entrelazada con la historia del cristianismo occidental. Durante más de mil quinientos años levantó catedrales, fundó monasterios, alumbró escuelas teológicas, envió misioneros y ofreció a la Iglesia una extraordinaria constelación de santos y beatos. Se habla de más de 1,700: Martín de Tours, Bernardo de Claraval, Juana de Arco, Vicente de Paúl, Juan María Vianney, Teresa de Lisieux, Carlos de Foucauld. Francia no solo recibió la fe: la convirtió en cultura, pensamiento, arte y servicio.
Precisamente por eso impresiona su posterior descristianización. Sus raíces pueden rastrearse en las grandes transformaciones intelectuales del siglo XVII; se aceleraron con la Ilustración, estallaron políticamente con la Revolución Francesa y continuaron, con múltiples matices, en los siglos XIX y XX. La secularización llegó a ser tan profunda que muchos imaginaron que la cuestión religiosa había quedado definitivamente resuelta: Europa avanzaría y el cristianismo se convertiría, lentamente, en memoria. Pero la historia tiene la incómoda costumbre de desobedecer nuestras profecías. Las multitudes que han acompañado a León XIV, y particularmente la respuesta de los jóvenes, obligan al menos a formular otra hipótesis. No prueban una recristianización de Francia; afirmarlo sería apresurado. Pero sí revelan algo difícil de ignorar: la pregunta por Dios permanece viva.
Hay, además, un fenómeno especialmente elocuente: el crecimiento reciente de jóvenes y adultos que solicitan el bautismo. Muchos no regresan a una fe recibida familiarmente; llegan desde hogares secularizados y descubren el cristianismo como elección personal. Eso cambia radicalmente el paisaje. Durante siglos, Europa fue cristiana por herencia. Ahora algunos de sus jóvenes comienzan a ser cristianos por decisión. En ese contexto adquieren fuerza las palabras de León XIV a la juventud: “¡Ustedes son los santos de Francia!”. Santos: no espectadores, no consumidores de espiritualidad, no simples herederos de catedrales convertidas en monumentos. Santos, es decir, vidas llamadas a convertirse en respuesta.
Y aparece otra palabra decisiva: sed. Sed de significado, pertenencia, verdad, trascendencia. Nuestra época ofrece conexiones infinitas, pero no necesariamente comunión; información ilimitada, pero no sentido; libertad para escoger, pero pocas respuestas sobre aquello por lo que merece la pena vivir. Quizá eso explique las calles llenas. La vieja hija primogénita no ha vuelto simplemente al pasado. Algo más interesante puede estar sucediendo: una generación nacida después de la cristiandad está mirando nuevamente hacia Cristo. No sabemos hasta dónde llegará este despertar.
Para la Iglesia universal constituye un signo de esperanza y una responsabilidad: escuchar a esos jóvenes y ofrecerles no una fe diluida, sino la radicalidad luminosa del Evangelio vivo. Tal vez Francia no esté regresando a lo que fue. Tal vez esté comenzando a descubrir, entre las voces de sus jóvenes, lo que nunca dejó de ser: tierra de santos. Y si esa llama prende, su luz no será solamente para Francia, sino para una Europa y un mundo que necesitan volver a levantar los ojos hacia lo eterno.