Mire, en teoría, el juicio político está para poner orden: para pedir cuentas y dejar claro que nadie está por encima de la ley. Eso suena bien, pero siendo honestos, aquí lo que estamos viendo es otra cosa. Más que justicia, parece la forma “formal” de cambiar las marionetas. Si lo vemos sin darle tanta vuelta: el Congreso hoy señala, acusa y decide. Todo en un solo paquete.
Es como un partido donde el mismo equipo pone al árbitro, define las reglas y además cuenta los goles. Si nadie alega, puede ser legal, sí, pero usted sabe que eso no es parejo y no hace falta ser abogado para ver que aquí hay algo turbio.
Si quien arma el caso también decide cómo termina, ¿qué tan justo puede ser? Si no hay reglas claras, si defenderse es más trámite que realidad y todo depende de quién tiene más votos, entonces eso ya no se siente como justicia. Se siente como acomodar las cosas para que queden donde conviene. Ahora, más allá de cómo se hace, pensemos en el resultado: ¿esto está arreglando algo? Porque eso es lo importante. Y la verdad... no se siente. No se ve un sistema más limpio, ni más transparente, ni más fuerte.
Lo que sí se nota es lo de siempre: sale uno, entra otro. Cambian los nombres, cambian las caras, pero el fondo sigue igual.
Entonces la conclusión empieza a caer por su propio peso. Esto no parece que esté limpiando nada, parece que está cambiando quién maneja lo mismo. No es que el problema se arregle, es que cambia de manos. Cómo cambiar quién tiene las llaves sin arreglar la casa y cómo esto le funciona al que tiene el poder; se empieza a usar más seguido. Lo que debería ser algo excepcional se vuelve costumbre. Hoy le toca a uno, mañana a otro, dependiendo de quién tenga los votos. Y ahí ya no estamos hablando de justicia, estamos hablando de usar una herramienta cuando conviene.El problema es que eso no solo afecta a los que están arriba. También le pega a usted, a cualquiera. Porque poco a poco se va perdiendo la confianza.
Se deja de sentir que hay reglas claras, que hay límites de verdad, que el sistema funciona sin importar quién esté mandando, y cuando se pierde esa confianza, todo se debilita. El juicio político no es malo por sí solo. Bien usado, podría servir para poner orden. Pero así como se está usando, ya no parece eso. Al final, se siente más como lo de siempre. Abuso de poder... y cada vez menos disimulado.