Se cuenta que, además de su pasión por la política, el rey de Prusia Federico el Grande demostraba un vivo interés por las ciencias, las artes, la literatura y la filosofía. Por ello, se complacía en hospedar en su corte a notables figuras del mundo intelectual, aunque solía despedirlas cuando se cansaba de ellas o cuando contradecían sus opiniones.
El afamado filósofo francés Voltaire fue durante un largo tiempo su invitado. En cierta ocasión, mientras conversaban acerca de las características de los principales idiomas europeos, Voltaire hizo un comentario poco prudente: afirmó que la lengua alemana, lengua materna de Federico, era muy fuerte y que solamente parecía apropiada para mandar y dictar sentencias. Y fue todavía más lejos al decir que, probablemente, cuando Dios expulsó del Paraíso a Adán y Eva, les dio la orden en alemán.
Federico, sin disimular mucho su incomodidad, respondió: “Puede ser, pero de lo que no hay duda es de que la serpiente, cuando tentó a Eva, se comunicó con ella en francés”.
Sin entrar en el debate sobre la autenticidad histórica de esta narración, el relato nos permite reflexionar sobre un valor muy importante: el valor de la prudencia. El comentario de Voltaire sobre el alemán fue ingenioso, pero imprudente, pues hirió el orgullo de su anfitrión, olvidando que estaba en su mesa, bajo su protección. Imprudencia es, pues, decir cosas sin medir el momento, el lugar y la persona que escucha.
Federico, por su parte, nos presenta el caso opuesto. Él fue prudente, puesto que no se enfureció ni expulsó a su huésped debido a su comentario; respondió con la misma arma que Voltaire había usado, el ingenio, devolviendo el golpe con elegancia. Aunque se sintió molesto, no respondió con violencia ni convirtió el desacuerdo en una disputa.
De ahí que toda palabra dicha debe ser antes una palabra discernida, es decir, bien pensada. Ya que, como afirma acertadamente Proverbios 21.23: “Quien tiene cuidado de lo que dice, nunca se meterá en problemas” (versión TLA). La prudencia, entonces, debe ser “el idioma” que todos debemos hablar si queremos llevarnos bien unos con otros.