Un viejo maestro oriental caminaba una mañana por la ribera de un río. Mientras contemplaba la serenidad del agua y meditaba en silencio, observó que un pequeño alacrán había caído a la corriente. El diminuto animal luchaba desesperadamente por mantenerse a flote, pero el agua lo arrastraba poco a poco hacia un lugar donde, sin duda, moriría ahogado.
Movido por la compasión, el maestro extendió la mano y lo tomó con mucho cuidado. Sin embargo, apenas lo sostuvo, el alacrán reaccionó conforme a su naturaleza y lo picó con su aguijón. El intenso dolor causó que el maestro abriera involuntariamente la mano, haciendo que el animal cayera nuevamente al agua y volviera a luchar por mantenerse a flote.
Sin desanimarse, el anciano volvió a intentarlo. Una vez más, el alacrán lo picó, y una vez más terminó en la corriente. Un hombre que había presenciado toda la escena no pudo contenerse, se acercó y le dijo: “Maestro, ¿por qué insiste? ¿No se da cuenta de que cada vez que intente salvarlo, el animal lo picará?”. El anciano sonrió con tranquilidad y respondió: “La naturaleza del alacrán es picar. No puedo esperar que actúe de otra manera. Pero su naturaleza no va a cambiar la mía que es ayudar”.
Entonces observó una gran hoja que flotaba cerca. La tomó con cuidado, la colocó debajo del alacrán y, sin exponerse a una nueva picadura, lo levantó hasta ponerlo a salvo sobre la orilla. El pequeño animal se alejó lentamente, mientras el maestro continuó su camino.
La moraleja de la historia es esta: La verdadera bondad no consiste en dejar de hacer el bien porque otros nos hayan herido, sino en aprender a hacerlo con sabiduría. No cambies tu naturaleza por causa del mal de los demás; conserva un corazón dispuesto a ayudar, pero hazlo con prudencia y tomando las precauciones necesarias. Perdona, pero establece límites saludables; sé generoso, sin ser ingenuo; sirve, aunque no te den las gracias; sé paciente con las debilidades ajenas; conserva un corazón compasivo, aunque hayas sido decepcionado; ora por quienes te han herido; “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12.21, NVI).