“¿Adónde van las palabras que no se quedaron?”, pregunta Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Palabras que no se quedaron en una oración, un párrafo, una idea.
Cien veces me he sentado frente a una página en blanco preguntándome qué escribir sobre Honduras, y parece mucho cuando se dice así. Cien artículos, cien ocasiones para escoger un tema, descartar otros, ordenar una idea y asumir después que aquello que escribí no me pertenece del todo, porque pasa a ser del lector, que lo interpreta, lo comparte, lo discute o simplemente lo olvida.
La primera de esas páginas en blanco fue el 12 de julio de 2024 y este sábado 12 de septiembre de 2026, poco más de dos años después, La Prensa publica mi artículo número cien.
Y al volver la mirada hacia esos cien artículos, encuentro algo que no advertí mientras los escribía: quizá nunca fueron cien temas diferentes. Fueron cien maneras de intentar entender un mismo país.
Comencé escribiendo mucho sobre política, poder, elecciones y aquella extraña relación que tenemos los hondureños con quienes nos gobiernan; después aparecieron con más fuerza la desinformación, las redes sociales y la manera en que las emociones pueden terminar construyendo realidades. Luego llegó inevitablemente la inteligencia artificial, no como una moda tecnológica, sino como otra pregunta sobre nuestra capacidad para adaptarnos a un mundo que cambia mientras todavía discutimos problemas que arrastramos desde hace décadas.
Con el tiempo también fueron apareciendo más la economía, el empleo, las instituciones, San Pedro Sula y el desarrollo. Quizá porque uno comienza queriendo explicar los grandes problemas y termina comprendiendo que casi todos ellos aterrizan en algo mucho más sencillo: una persona buscando trabajo, una familia intentando llegar a fin de mes, un empresario preguntándose si vale la pena invertir o un joven tratando de decidir si todavía puede construir su futuro aquí.
También cambió mi manera de acercarme a los temas porque, al principio, buscaba respuestas; ahora me interesan mucho más las preguntas. Aprendí a desconfiar de las explicaciones demasiado fáciles, a buscar los datos detrás de las percepciones y, sobre todo, a recordar que ninguna estadística tiene sentido si olvidamos a las personas que están detrás de ella.
No sé si eso significa escribir mejor; sería pretencioso afirmarlo, pero sí significa mirar distinto. La página en blanco tiene esa virtud: obliga a pensar antes de opinar y, algunas veces, obliga también a corregirse. Hay artículos que hoy escribiría de otra manera, argumentos que desarrollaría con más calma y conclusiones que probablemente dejaría abiertas. Eso también forma parte de escribir.
Después de cien columnas, quizá lo que más agradezco no sea haber tenido cien oportunidades para decir algo, sino haber tenido cien razones para detenerme a pensar, y Honduras, para bien o para mal, nunca deja al columnista sin tema.