María Rivera, la sampedrana de los 103 años: “Dios es el que me ha alargado la vida”
Nació en 1923. Ha sido testigo del crecimiento y cambios en la ciudad. Llegó hasta tercer grado, pero procuró que sus ocho hijos rompieran esa brecha. "Todos son profesionales", dijo
- Actualizado: 07 de noviembre de 2026 a las 00:00 /
San Pedro Sula, Honduras. María Carlota Rivera Donaire apenas pudo estudiar hasta tercer grado, pero eso no le impidió comprender el valor de la educación y procurar que sus hijos tuvieran mejores oportunidades, o como ella lo dice “prepararse para la vida”.
El miércoles 4 de noviembre cumplió 103 años, una edad considerada excepcional en Honduras, donde la esperanza de vida promedio es de 73 años, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La sampedrana recibió con mucha alegría al equipo de LA PRENSA Premium en casa de una de sus hijas, en el barrio Barandillas, para conversar y compartir un poco de su historia, de la cual destacó en varias ocasiones la satisfacción de ver a sus hijos convertidos en profesionales.
Nació en 1923, en Arenales, entonces aldea de San Pedro Sula. Era la mayor de cuatro hermanos de la unión entre Silvestre Rivera y Nieves Donaire, siendo en la actualidad la única que sobrevive.
De aquella época conserva recuerdos de una ciudad más pequeña, donde las familias se conocían, se apoyaban y los niños encontraban en los juegos tradicionales una manera de divertirse. “Antes la ciudad era más pequeña y había más amor al prójimo”, expresó.
Ocho
hijos
tiene doña María Carlota Rivera. También tiene 21 nietos, 26 bisnietos y cinco tataranietos.
Con una lucidez admirable, relató que en los recreos le gustaba jugar con sus compañeros a esconder la piedra, un juego en el que se formaban en fila con las manos hacia atrás, mientras que uno de los participantes debía caminar entre ellos y entregar discretamente la piedra, para que otro participante, que estaba a cierta distancia, adivinara luego quién se había quedado con ella.
“Esconde, esconde la piedra”, comenzó a cantar con emoción, sentada en la sala rodeada de pinturas de sus nietas. “Eran otros tiempos, teníamos juegos sanos y los alumnos respetamos mucho a nuestros maestros”, dijo.
Aunque su formación académica llegó hasta tercer grado, conserva una excelente caligrafía y un amplio vocabulario, reflejo de una vida enriquecida por las enseñanzas de su infancia y las experiencias acumuladas a lo largo de los años.
Entre sombreros, bailes y viajes en tren
A los 13 años comenzó a trabajar en una fábrica de sombreros, una prenda muy utilizada en esa época. Su tarea consistía en colocar las cintas que adornaban los sombreros que llegaban desde Santa Bárbara, departamento que se caracterizaba por la destreza de sus artesanos y la calidad de las piezas.
Aunque desde muy joven conoció las responsabilidades del trabajo, también encontraba tiempo para las amistades y pequeñas aventuras que hoy recuerda con cariño.
“Mi papá era adventista. A veces, a escondidas de él, íbamos al cine o a los bailes con mis hermanas mayores, hijas de su primer matrimonio”, contó entre risas, recordando la complicidad que tenían en su juventud.
Otra de las experiencias que permanecen intactas en su memoria es su primer viaje en ferrocarril, cuando tenía aproximadamente 13 años y acompañó a su familia a un evento en Puerto Cortés.
El tren iba tan lleno que tuvo que viajar prácticamente “colgada”, sujetada de la estructura de metal cerca de una ventana. “Cuando llegué a Cortés tenía los pies hinchados”, compartió.
Aquella experiencia alimentó su curiosidad por conocer nuevos lugares y seguir viajando. “Los días de pago o fiestas el tren iba lleno, no cabía la gente, pero yo pude viajar tranquila después a Tela y también a La Ceiba, ir sentada y conocer otros lugares”, indicó.
Con el paso de las décadas, María Carlota Rivera Donaire también fue testigo de las transformaciones de San Pedro Sula, una ciudad que, como ella misma describe, ha crecido “para los cuatro rumbos”.
No obstante, lo que más recuerda y extraña de aquellos años es la cercanía que había entre las personas y la solidaridad que, asegura, existía entre los vecinos. Todavía recuerda los nombres de algunas de sus vecinas, como doña Paca y Betty, con quienes compartió una amistad que trascendía la cercanía de sus viviendas.
“Eran amigas, pero verdaderas amigas, porque cuando lo miraban a uno en una dificultad, lo ayudaban. Nos llevábamos como familia”, narró.
Los años transcurrieron y María Carlota Rivera formó su propia familia. Conoció a quien sería su esposo, Napoleón Coello, gracias a una de sus hermanas, que tenía un comedor al que él llegó un día.
En aquella visita, su hermana decidió presentarlos y el joven quedó deslumbrado. “¡Qué guapísima es su hermana!”, recordó que dijo Napoleón al ver aquella joven de contextura delgada, rizos castaño oscuro que caían hasta sus hombros. En las fotografías compartidas con LA PRENSA Premium se ve sonriente y de mirada expresiva.
Aunque hoy, su cabello es mayormente blanco y el tiempo ha dejado huella, conserva la misma sonrisa y expresividad en sus ojos, al igual que la elegancia, delicadeza y un trato cálido que hace que cualquiera se sienta cómodo.
Su esposo era carpintero y se dedicaba a la construcción de viviendas, un oficio que, según recordó, desempeñaba con tal conocimiento que podía calcular “hasta el último clavo que necesitaba para levantar una casa". Su matrimonio duró 74 años, “hasta que la muerte nos separó”, dijo.
Consultada acerca de cuál fue la clave para tener un matrimonio tan duradero, reconoció que no todo fue perfecto, que atravesaron momentos difíciles, pero que la paciencia y la comprensión fueron importantes para permanecer unidos durante más de siete décadas.
Perfil
- Nacimiento: 4 de noviembre de 1923
- Nombre: María Carlota Rivera Donaire
- Edad: 103 años
- Estado civil: Viuda
La educación, el legado para sus hijos
Rivera Donaire tuvo ocho hijos y desde que eran pequeños procuró brindarles una buena educación. Comenzaron a estudiar en la escuela Soledad Fernández y posteriormente continuaron su formación en distintos centros educativos, como el Centro Educacional Adventista.
Hoy, cuando habla de ellos, sus ojos se iluminan, enumerando con alegría sus profesiones, algunos son médicos, profesionales del derecho, la ingeniería, la pedagogía y la psicología.
“Todos mis hijos son profesionales”, repitió con orgullo, consciente de que pudieron llegar más lejos de lo que ella avanzó en las aulas. Por eso, cuando LA PRENSA Premium le preguntó qué consejo les daría a los jóvenes, respondió que “siempre, siempre, en todo tiempo es bueno estudiar. Prepararse para la vida y para poderse defender”.
A sus 103 años, María Carlota Rivera agradece a Dios por haberle permitido llegar a esta edad y por la vida de sus ocho hijos, sus 21 nietos, 26 bisnietos y cinco tataranietos.
“Soy la mayor de mis hermanos y solo yo he quedado. Ya no veo tan bien y me cuesta un poco caminar, pero de ahí estoy sana, no tengo ninguna enfermedad. Estoy agradecida con Dios, el altísimo rey del universo, porque él es el que me ha alargado los años de vida”, manifestó.
Después de más de un siglo, tiene muchos recuerdos, pero también enseñanzas que desea dejar a quienes vienen detrás. Además de la educación, remarcó la importancia de amar a Dios y servir a los demás.
“La Biblia dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Yo lo que les diría es que cuando uno puede ayudar, hay que hacerlo de corazón”, agregó esta sampedrana que ha sido testigo de la transformación de la ciudad, que ha tenido que despedir a muchos de sus seres queridos y que logró formar una familia de la que se siente orgullosa.