Este principio filosófico y jurídico formulado por distintos pensadores -Santo Tomás de Aquino, Rousseau y Montesquieu, entre los pioneros- ha sido gradualmente ampliado por intelectuales defensores de los derechos humanos y su plena vigencia.
Sus postulados encuentran rechazos por parte de sistemas políticos e ideológicos totalitarios tanto de extrema derecha como izquierda. Aquellos que sea por medios violentos o pacíficos han llegado a controlar el aparato estatal buscan por distintos medios ir erosionando -hasta neutralizarlos- tales postulados democráticos, percibidos como obsoletos e irrelevantes, sus garantías y libertades: de opinión, reunión, sufragio, entre otras, carentes de vigencia.
Pretenden y actúan posicionándose por encima y más allá de la ley, ignorándola y violándola cada vez que lo desean, con mentalidades y actitudes propias de dictadores y déspotas -o aspirantes a serlo-, convencidos de que sus voluntades son la ley, sin estar sujetos a limitaciones jurídicas ni éticas, concluyendo que ellos son el soberano, no el pueblo.
Siguiendo tal irracional lógica, degradan los poderes estatales a sus objetivos: castigar a quienes se oponen a sus órdenes, para ello, manipulando selectivamente bien el ordenamiento legal, bien la fuerza y violencia, selectiva o masivamente.
Si es necesario, crean crisis y emergencias ficticias, al interior de sus países o en las relaciones con otras naciones, con el fin de justificar su accionar, presentándose como víctimas de conspiraciones por parte de sus enemigos, reales o imaginarios, organizados en su contra. Distorsionan lo que es la seguridad nacional para justificar y racionalizar el reprimir a la disidencia.
Los ingresos fiscales priorizan el armamentismo en detrimento de los programas sociales, incrementando el número de efectivos militares, policiales y bandas civiles armadas.
Elaboran teorías justificativas del nuevo orden para ello contando con personas que coinciden con tales planteamientos, que exaltan al caudillo, al hombre providencial, infalible e imprescindible, al “salvador de la patria”, redentor de las masas hasta entonces marginadas por las élites tradicionales, remplazadas por las emergentes, beneficiarias del poder y la riqueza, especialmente el dirigente supremo y su entorno familiar.
La intención, declarada u oculta, es el perpetuar el régimen y orden de cosas de manera indefinida vía continuismo, autogolpes y alianzas con regímenes similares existentes en otras latitudes.