Ética y moral en la praxis política

La reflexión de Voltaire sobre la política sigue vigente frente al irrespeto a la ley y la ética.

El gran escritor, filósofo y crítico social enciclopedista francés Voltaire llegó a la conclusión que “la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”. Su reflexión conserva plena vigencia actual cuando el irrespeto a la ley, a las normas jurídicas que rigen la coexistencia entre los integrantes de una comunidad, a los principios éticos y morales quedan subordinados a “razones de Estado” o, peor aún, a la voluntad de una persona o una élite que controla el poder y la riqueza para beneficio propio, no para el bien colectivo.

Tal es la realidad que impera en diversas naciones, tanto ricas y poderosas como pobres y no influyentes en el orden internacional. Si con posterioridad al fin de la Segunda Guerra Mundial (1945) se crearon instituciones y reglas aceptadas e incorporadas a su legislación interna por los países integrantes de la Organización de las Naciones Unidas -de la cual Honduras fue uno de sus miembros fundadores-, hoy tal consenso ha quedado invalidado por acciones unilaterales que llegan a poner en peligro la paz y la convivencia pacifica planetaria, destruyendo consensos multilaterales.

Lo que está ocurriendo es la aplicación de la ley del más fuerte -económica, tecnológica y militarmente-, el reparto del planeta en esferas de influencia por las superpotencias -de acuerdo a sus intereses específicos-, lo que no excluye un eventual enfrentamiento bélico entre ellas, arrastrando consigo a sus respectivos aliados. El creciente armamentismo -convencional y nuclear- confirma lo arriba señalado, afectando la calidad de vida de sus poblaciones, expuestas cada vez más al deterioro en ingresos y oportunidades, concentradas en cada vez menos manos.

En nuestro país, el acceso al gobierno ha sido tradicionalmente percibido como una recompensa y un botín para repartir la riqueza pública entre los victoriosos y sus redes clientelares, conservando aspectos formales pero progresivamente socavando los cimientos democráticos del sistema, para ello recurriendo al control de los poderes Legislativo y Judicial, plegados incondicionalmente a lo ordenado por el Ejecutivo, al hostigamiento de la prensa independiente, al otorgamiento de sobornos disfrazados de dádivas, a la cooptación de las fuerzas militares y policiales por medio de sus respectivas cúpulas. La amoralidad reemplaza a su opuesto, la moralidad, la ilegalidad a la legalidad, la imposición a la concertación, la verdad única al pluralismo ideológico.

La intolerancia a la tolerancia, la manipulación e imposición a la concertación, la secretividad a la transparencia.

Hoy, que comenzamos una nueva era con nuevos inquilinos en la Casa Presidencial y el Poder Legislativo, esperamos que se vayan desechando estas prácticas que tanto daño han hecho al pueblo de a pie. Solo queda confiar que así será.

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