Respecto al abuso sexual de niñas, niños, adolescentes, adultas en el seno hogareño, en donde los familiares de la persona afectada en su integridad física, mental y emocional se abstienen de denunciar lo ocurrido, sea por temor o complicidad con el abusador, sin siquiera solidarizándose con la víctima.
Tal impenetrable temor a denunciar conductas criminales, aberrantes y perversas paraliza a los afectados, aterrados de ser sometidos a castigos de mayor severidad y frecuencia como represalia.
El tolerar tales delitos convierten en cómplices -por acción u omisión- a los encubridores de los acosadores y depredadores sexuales.
Algo similar acontece en los centros de trabajo, con una combinación de amenazas de despido, acosos, humillaciones, reducciones en las escalas salariales, traslados, conductas inapropiadas, amparadas en el cargo ejercido por el abusador; conductas típicas de funcionarios y ejecutivos que, amparados en el cargo ejercido y en la protección de sus superiores, tolerantes del comportamiento machista, cometen abuso de poder, haciendo gala de la jerarquía administrativa desempeñada, sea en una oficina estatal o en una empresa privada.
Únicamente cuando las personas afectadas, sean menores o mayores de edad, deciden superar el miedo, pasividad, renuencia a lo que les está ocurriendo es cuando se inicia el gradual proceso rehabilitador que logre superar las secuelas del trauma experimentado, que puede perdurar de por vida. El compartir con otras víctimas las dramáticas experiencias ocurridas representa un alivio y desahogo emocional al concluir que la mutua protección fortalece a las afectadas.
La unión hace la fuerza, lo que quedó comprobado en los Estados Unidos, cuando las mujeres afectadas constituyeron el movimiento Yo También (Me Too), que ha logrado llevar a juicio a médicos, productores de cine, políticos, legisladores, financistas. En Francia, una dama que durante años fue sedada y masivamente violada por extraños, invitados a ello por su esposo, padre de sus hijos, quien dejaba registro gráfico en videos, finalmente logró percatarse de lo que le había ocurrido.
Se armó de valor, decidiendo testificar públicamente -pese a que la legislación vigente le permite hacerlo en privado-, denunciando a su marido, aportando como prueba decisiva los videos por él filmados.
Su valeroso ejemplo logró que otras mujeres igualmente denunciaran a quienes las sometieron a trato cruel y degradante por parte de cónyuges y/o familiares cercanos.
La denuncia es el primer paso y el más crucial para romper el círculo de la impunidad. Cuando los abusos se quedan en el silencio se les está dando a los agresores un cheque en blanco para seguir actuando. De ahí que no debemos olvidar el valor de la denuncia de los agresores.