Cada vez que una lluvia fuerte cae sobre San Pedro Sula ocurre el mismo ritual. Las calles se convierten en ríos, los carros quedan atrapados, los negocios cierran antes de tiempo y miles de ciudadanos pasan horas tratando de llegar a sus casas. Nadie sabe si el agua terminará entrando a su vivienda o negocio. Luego vienen los recorridos, las declaraciones, las explicaciones y las promesas. Después el agua baja, la indignación se enfría y todo sigue igual hasta la próxima tormenta.
Lo preocupante no es que llueva. Lo preocupante es que seguimos actuando como si las inundaciones fueran una sorpresa.
La temporada lluviosa llega todos los años. Nadie puede decir que no la vio venir. Por eso resulta difícil entender cómo una ciudad que presume avances y proyectos continúa colapsando cada vez que cae una cantidad considerable de agua.
A estas alturas, culpar únicamente a administraciones anteriores ya no es suficiente. Todo alcalde recibe problemas heredados. Esa es precisamente la razón por la que se elige a nuevas autoridades: para resolverlos. Gobernar no consiste en enumerar dificultades ni en explicar por qué existen.
Gobernar consiste en enfrentarlas. Porque mientras los sampedranos siguen padeciendo inundaciones en los mismos sectores de siempre, la administración municipal ha dedicado tiempo, recursos y atención a proyectos mucho más visibles. Obras que lucen bien en fotografías, que generan titulares y que sirven para una inauguración. Sin embargo, las obras que realmente sostienen una ciudad suelen estar bajo tierra. No se ven. No generan aplausos.
No son atractivas para una campaña publicitaria. Pero son las que impiden que una tormenta paralice la vida de miles de personas. Un drenaje eficiente no sale bonito en una fotografía. Un colector pluvial moderno no genera la misma emoción que una obra vistosa. Pero cuando llegan las lluvias, queda claro cuáles proyectos eran realmente importantes.
Lo que más molesta al ciudadano no es el agua. Es la sensación de que el problema se repite sin que nadie lo resuelva. Es ver que pasan los años y escuchar las mismas explicaciones mientras las calles se siguen inundando en los mismos lugares, y la realidad que quedó al descubierto esta semana pasada es que San Pedro Sula sigue esperando que sus problemas más urgentes reciban la atención que merecen.