En un país donde las estadísticas religiosas trazan un mapa claro, 44% evangélico protestante y 36% católico, la fe cristiana no es solo un dato demográfico: es la savia que corre por las venas de la nación. Honduras aún late al ritmo de lo sagrado. Pero más allá de los porcentajes surge una pregunta decisiva: ¿Qué sucede cuando esa fe deja de vivirse como identidades separadas y se convierte en encuentro?
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que este año se celebra del 18 al 25 de enero, no es un evento más en el calendario eclesial. Es un gesto profético y urgente: una invitación, que parte de la Iglesia católica y se abre a las demás denominaciones, a orar juntos, a dialogar desde lo que nos une y a colaborar más allá de las diferencias teológicas.
El lema de este año lo expresa con claridad: “Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados”. No se trata de borrar identidades ni de uniformar la fe, sino de reconocer aquello que es más profundo que cualquier tradición: la fe en Cristo y el mandato radical de amar al prójimo.
En Honduras, este llamado no podría ser más oportuno. Mientras la polarización política e ideológica amenaza con fragmentar el alma nacional, mientras la desigualdad, la inseguridad y la migración forzada marcan la vida de miles de familias, la unidad cristiana emerge como un testimonio público de esperanza.
No es un asunto interno de las iglesias; es una luz capaz de iluminar el espacio social. Cuando católicos, evangélicos y otras denominaciones se sientan a orar juntos y luego se levantan para trabajar codo a codo, envían un mensaje poderoso a la sociedad hondureña: la fe no está al servicio de intereses particulares, sino de la dignidad humana y del bien común.
Esta unidad visible, que comienza en la oración y se concreta en la acción, abre espacios de reconciliación en una tierra cansada de confrontaciones estériles. El diálogo ecuménico tiene consecuencias reales.
Se hace visible en la lucha contra la pobreza extrema, en la defensa de la justicia social, en la atención a los más vulnerables, en la promoción de la educación y la salud. No son solo buenas intenciones de sacerdotes y pastores: son exigencias evangélicas que se vuelven más creíbles y eficaces cuando se viven en comunión.
El Evangelio mismo lo recuerda: “Que todos sean uno... para que el mundo crea” (Cfr. Jn 17, 20-23).
Este espíritu de unidad no solo fortalece a las iglesias; también interpela a las nuevas generaciones. Los jóvenes hondureños necesitan ver que la fe puede trascender divisiones históricas y convertirse en una fuerza restauradora de dignidad, solidaridad y esperanza.
En un contexto saturado de discursos que dividen, el testimonio de cristianos que caminan juntos se vuelve un signo contracultural y profundamente evangélico. No se trata de ingenuidad ni de negar las diferencias, sino de unidad en la diversidad, fundada en el respeto, la verdad y la caridad.
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos recuerda que la fe no es un refugio individual ni una bandera ideológica, sino una fuerza capaz de transformar corazones y sociedades.
La unidad cristiana no es una utopía: es la fuerza que esta tierra necesita para sanar, crecer y florecer. Porque, al final, lo que nos une es más fuerte que lo que nos separa. Y en esa unidad se gesta la esperanza.