Testigos de lo eterno

La conmemoración de san Juan María Vianney invita a reflexionar sobre el papel que desempeñan los sacerdotes en una sociedad marcada por los cambios tecnológicos, el pluralismo y la pérdida de confianza en las instituciones

El pasado 4 de agosto, la Iglesia celebró la memoria de san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes.

Su figura vuelve a colocarnos delante de una pregunta inevitable: ¿qué lugar ocupa hoy el sacerdote en una sociedad marcada por el avance tecnológico, el pluralismo, la desconfianza hacia las instituciones y el debilitamiento de las referencias religiosas?

Vivimos en un mundo que habla de bienestar, éxito y realización personal, pero que, paradójicamente, manifiesta una profunda sed de trascendencia.

El ser humano sigue buscando algo que dé unidad a su vida, una esperanza ante el dolor, la culpa, la enfermedad y la muerte. El problema no es que haya dejado de buscar a Dios; quizá es que muchas veces ya no sabe dónde encontrarlo.

En medio de esta búsqueda aparece la figura del sacerdote. No como un hombre separado de la realidad ni como poseedor de respuestas fáciles, sino como alguien llamado a mantener abierta la pregunta por Dios.

Su misión consiste en recordar que la vida no se agota en lo inmediato, que el ser humano no puede reducirse a lo que produce, posee o consume y que existe una dimensión eterna capaz de iluminar la existencia.

Durante el Año Sacerdotal, el papa Benedicto XVI afirmó: “El mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre”. No porque el sacerdote sea imprescindible por sí mismo, sino porque el mundo necesita hombres que vivan para Dios y sean capaces de llevarlo a los demás.

El Concilio Vaticano II recuerda que los presbíteros son llamados a “servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey”. Su identidad no nace de un poder humano, de una posición social o de un privilegio institucional, sino de su participación en la misión de Cristo y de su servicio al Pueblo de Dios.

Es verdad que el sacerdocio ha sido herido por escándalos, incoherencias y malos testimonios. Negarlo sería irresponsable. Cada abuso, cada traición y cada forma de doble vida contradicen gravemente el Evangelio y provocan heridas profundas.

La credibilidad no puede exigirse; debe reconstruirse desde la verdad, la justicia, la transparencia y la conversión.

Sin embargo, tampoco sería justo permitir que los malos testimonios oculten la entrega silenciosa de tantos sacerdotes fieles. Son muchos más los que acompañan a los enfermos, escuchan, celebran la fe de sus comunidades, sostienen a familias heridas, trabajan en lugares olvidados y permanecen junto a su pueblo sin buscar reconocimiento.

Su labor rara vez ocupa titulares, porque el bien suele realizarse en silencio. La vigencia del sacerdote no depende de privilegios, sino de su capacidad para ser cercano, creíble y profundamente humano.

Jesús dijo: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). Esta es también la medida del ministerio sacerdotal: no colocarse por encima, sino en medio; no dominar, sino servir; no buscar la propia afirmación, sino entregar la vida.

El sacerdote tampoco está llamado a atraer las miradas hacia sí mismo. Su misión es conducirlas hacia Cristo, quien afirma: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El sacerdote es verdaderamente fecundo cuando sabe disminuir para que Cristo aparezca.

San Juan María Vianney comprendió que un sacerdote auténtico es un hombre habitado por Dios y entregado a su pueblo.

En una sociedad que camina muchas veces con la mirada baja, atrapada en la urgencia y el miedo, el sacerdocio conserva una misión fundamental: ayudar al ser humano a alzar la mirada y descubrir que su destino último no está en lo pasajero, sino en lo eterno.

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