La reciente visita de Sarah Mullally, nueva arzobispo de Canterbury, al papa León XIV, puede leerse con serenidad y esperanza. En tiempos donde casi todo se interpreta desde la sospecha, conviene recordar que no todo gesto de encuentro es una concesión doctrinal, ni toda fotografía compartida equivale a una declaración teológica.
A veces, simplemente, la Iglesia cumple una de sus tareas más evangélicas: abrir caminos de diálogo allí donde la historia ha dejado heridas profundas.
El encuentro entre el papa y la arzobispo de Canterbury pertenece a una larga tradición de acercamiento entre católicos y anglicanos. Desde la histórica visita del arzobispo Michael Ramsey a san Pablo VI en 1966, los sucesores de Pedro y los primados anglicanos han buscado mantener una relación marcada por la oración, el respeto y la búsqueda sincera de la unidad. No porque las diferencias hayan desaparecido, sino precisamente porque existen y necesitan ser afrontadas con verdad, paciencia y caridad.
La visita de Sarah Mullally no significa que la Iglesia católica reconozca el sacerdocio femenino anglicano. Ese no es el sentido del encuentro. La doctrina católica sobre el sacramento del Orden permanece clara. Pero la claridad doctrinal no exige frialdad humana ni distancia hostil.
La Iglesia puede afirmar lo que cree y, al mismo tiempo, recibir con respeto a quienes, compartiendo la fe en Cristo y el bautismo, caminan en una comunión todavía imperfecta. El Santo padre lo expresó con una frase que conviene escuchar despacio: “sería también un escándalo que no siguiéramos trabajando para superar nuestras diferencias, por más intratables que parezcan”.
La palabra es escándalo. No se refiere a dialogar, sino a dejar de dialogar; no a buscar la unidad, sino a resignarnos cristianamente a la división como si fuera normal. Este es el corazón del ecumenismo católico. El Concilio Vaticano II, en Unitatis redintegratio, enseñó que entre los cristianos separados de la plena comunión católica existen vínculos reales de fe, bautismo, Escritura, oración y vida cristiana. Por eso, el diálogo ecuménico no es una estrategia de imagen, sino una exigencia que brota del deseo de Cristo: “Que todos sean uno”.
La unidad no se construye fingiendo que todo da igual, sino aprendiendo a encontrarnos sin negar la verdad. En este punto, algunos sectores eclesiales deberían mirar el hecho con mayor amplitud.
Es legítimo custodiar la doctrina; más aún, es necesario. Pero custodiar no significa convertir cada gesto pastoral en sospecha, ni leer toda cortesía como traición.
A veces, en nombre de la defensa de la fe, se corre el riesgo de olvidar el estilo de Jesús, que no confundió la verdad con la dureza, ni la fidelidad con el aislamiento.