Sobre la ética del trabajo

El trabajo ha sido visto por algunos como una carga, pero también como una herramienta de realización personal, progreso y libertad, incluso en una era marcada por el avance de la inteligencia artificial

Es un error creer que el trabajo es una maldición. Los “cristianos” poco informados creen que la expresión de Dios despidiendo a Adán y Eva del Paraíso fue una maldición. Nosotros creemos que fue una advertencia necesaria para que aprovecharan la libertad que habían conquistado mediante la desobediencia.

Todo derecho implica una responsabilidad inevitable. Si somos libres, debemos autosostenernos. Para ello hay que trabajar. El hombre se humaniza mediante el trabajo, y la acción para ganarse la vida ha moldeado no solo la conducta, humaniza al mundo. Hace algunos años, un antropólogo decía que el quinto dedo -el grande- era fruto del trabajo. “Los monos que no trabajan no lo tienen”.

Como similar consecuencia se ha creído que el progreso llevaría inevitablemente a la holganza. Trabajar menos y anticipar la jubilación es el sueño de muchos. Para no hacer nada.

Los estudios confirman que las cosas son a la inversa. El hombre de la Edad de Piedra o el que vivía recolectando frutas y cazando animales tenía más tiempo libre que el hombre moderno. Cuando se produjo la “Revolución industrial” y aparecieron las máquinas, los sociólogos anticiparon que el hombre tendría más tiempo libre y que podría dedicarse al ocio creativo. A la vida feliz y holgada.

Pero no fue así. El hombre trabaja más. La vida moderna cuesta más y, en vez de tiempo libre, el hombre y la mujer tienen que trabajar más.

Esto no es necesariamente malo. Especialmente si aceptamos el viejo concepto de que el trabajo hace al hombre. En el cielo de Borges se trabaja: se habla y discute sobre Dios, desde las primeras luces hasta que se ordena la hora del descanso.

Los mahometanos ven el cielo como algo más complicado que la vida terrenal. Por supuesto, es más alegre la vida celestial; pero más difícil. Se tiene que complacer a siete mujeres. Cosa complicada. Los seguidores de Mahoma creen que en el cielo o el paraíso les darán mujeres mahometanas. No cristianas. Aquí está la trampa.

En la vida moderna, especialmente en los países pobres como Honduras, hay formas de engañar a la vida. Trabajar, pareciendo que se trabaja; pero sin hacer nada. O muy poco.

En Honduras, los más listos que quieren pasarla bien se emplean en el Gobierno. Muchos como derecho de familia tienen posiciones reservadas.

Se refiere la historia de un hombre de Lempira. Solo le faltó ser presidente de la república. Cuando dejó la función pública llegó a una gasolinera y pidió que le llenaran el tanque. Muy educado -era todo un caballero- le entregó al empleado un billete de veinte lempiras y le dijo, con una sonrisa cordial, “quédate con el vuelto”.

Cuando ingresó al Gobierno, la gasolina costaba 90 centavos. En el momento del cuento, la gasolina costaba 90 lempiras el galón. No supo lo que ocurrió entretanto.

Ahora con la alerta que ha provocado León XIV con su análisis crítico de la IA, muchos no se preocupan. “Es lo mejor”, repiten. No habrá que trabajar. La IA nos permitirá hacer las cosas sin esfuerzo alguno. Solo le daremos instrucciones a las “máquinas”.

El problema es que la “máquina” cuando le dan órdenes, aprende. Entonces, el hombre no será necesario, se volverá obsoleto. No habrá trabajo humano porque será innecesario e inútil. Entonces, al no tener qué hacer no tendremos con qué comprar para vivir. Será el fin.

Las cosas no serán tan sencillas. El trabajo es liberador. No hay que autoexplotarse y llegar al “delito” personal. Todo medido. Sin olvidar que sin trabajar no hay vida. Porque somos fruto de las faenas y la dedicación constante.

Trabajar nos libera.

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