Primero, la familia

Debemos aprovechar estos días para hablar con la gente con la que el trajín diario nos impide hacerlo; mirar a los ojos a aquellos que la prisa ha provocado que hace tiempo no nos detengamos en su rostro; a tener esas conversaciones que el correcorre nos imposibilita mantener.

Para la mayoría de los hondureños estos serán unos días para tomar aire, descansar y poder volver a la rutina con renovados bríos. Todos los seres humanos necesitamos periódicamente cambiar de actividad, dormir un poco más, comer con menos prisa, levantar la mirada de las pantallas para contemplar el paisaje y, sobre todo, reparar en la gente que nos rodea de manera más cercana, aquella con la que la coexistencia es más íntima, aquella a la que llamamos familia.

Hay un antiguo refrán que declara que las cosas se valoran hasta que se pierden. Cuando tenemos todo a la mano, cuando parece que no nos falta nada, solemos sentirnos satisfechos. Cuando nos llega regularmente el agua a nuestras casas o no se interrumpe el fluido eléctrico, para hablar de experiencias cercanas, no se nos ocurre sentirnos agradecidos por ello. Pero maldecimos cuando, en medio de una película o mientras vemos un partido de fútbol, nos quedamos a oscuras; o cuando abrimos el grifo y no sale ni aire.

Los que tenemos cierto recorrido vital y ya hemos perdido a nuestros padres, pensamos con frecuencia en ellos. Cuando los hijos crecen y se van del hogar, hay momentos, rincones o anécdotas que nos remiten constantemente a ellos. Quizá sea porque la familia nos hace sentir que no somos versos sueltos, que formamos parte de un poema bastante extenso, y que los padres, los hermanos o los hijos son los que producen ese ritmo interior o esa rima que lo vuelve armónico, que le da belleza.

Lo que sucede es que el tiempo corre, los meses y los años pasan, las generaciones nos vamos sucediendo, y no siempre tomamos conciencia de estas realidades. Por eso es por lo que, en semanas como esta en Honduras, o en Semana Santa, o en los días de Navidad, es necesario que recordemos que cada hoja que cae del calendario, aunque muchos ya no le encuentren sentido a esta imagen, no volverá nunca a repetirse.

Por lo anterior debemos aprovechar estos días para hablar con la gente con la que el trajín diario nos impide hacerlo; mirar a los ojos a aquellos que la prisa ha provocado que hace tiempo no nos detengamos en su rostro; a tener esas conversaciones que el correcorre nos imposibilita mantener.

Nos asustaremos al descubrir arrugas que no habíamos notado, canas que apenas habíamos sospechado, puntos de vista que no habíamos tenido la oportunidad de valorar. No dejemos pasar la oportunidad, porque no habrá otra idéntica jamás.

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