Apenas voy por la página 50 de la “Magnifica Humanitas”, la encíclica que el papa León XIV diera a conocer el pasado 15 de mayo.
Como lo han señalado todos sus antecesores, cuando el papa publica un documento de esta naturaleza no solo está dirigido a la jerarquía de la Iglesia y a todos los católicos, sino también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad; es decir, todas aquellas personas que tienen hambre de verdad y un sincero deseo de hacer de este mundo un lugar en el que todas las gentes, de todas las razas y culturas, podamos convivir en paz y respetándonos los unos a los otros.
En estas primeras páginas, León XIV hace un resumen del camino recorrido por los romanos pontífices en la construcción de lo que hoy se conoce como Doctrina Social de la Iglesia, y que, por medio de distintos escritos, desde León XIII hasta el papa actual, ha brindado un norte seguro para entender cuál es el papel de los cristianos en cada una de las coyunturas históricas que nos ha tocado vivir en alrededor de un siglo y medio.
Hay conceptos como el de “bien común” o “subsidiaridad”, que hoy resultan familiares, pero que muchas personas desconocen que se originaron en ese corpus doctrinal, que hoy como ayer arroja una luz muy clara sobre la realidad que nos circunda.
El papa, siguiendo la huella de sus predecesores, y tal vez el discurso de Francisco, nos resulta más familiar y cercano, toca, de nuevo, en estas primeras páginas, el tema de la dignidad de la persona humana, uno de los asuntos claves para saber cómo conducirse correctamente en el mundo del trabajo y en la vida ciudadana.
León XIV nos recuerda que el valor de una persona no está determinado por su rendimiento, por su capacidad para producir, por sus resultados en el trabajo.
Hay un tema de origen, una razón ontológica que le da al ser humano un valor infinito que no está condicionado por su coeficiente intelectual, por su fuerza física, por su capacidad de atesorar riquezas ni por su estado de salud.
Hoy que tanto se valora la eficiencia, la belleza exterior, el éxito y la fama es capital entender lo que la Iglesia nos ha venido diciendo siempre y, en particular, de León XIII hacia acá, pasando por Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, y que nos recuerda que valemos por lo que somos y no por lo que tenemos o aparentamos.