Hay un libro que debería leerse en el Congreso Nacional antes que cualquier discurso de toma de posesión. Se titula “La política de los chimpancés”, lo escribió el primatólogo holandés Frans de Waal en 1982, y nació de una sospecha sencilla y demoledora: que para entender el poder humano quizá convenga dejar de mirarnos el ombligo y empezar a observar a nuestros primos peludos. Durante seis años, De Waal se sentó frente a la colonia de chimpancés del zoológico de Arnhem, en los Países Bajos -la más grande del mundo en cautiverio- y anotó, pacientemente, lo que vio. No vio bestias. Vio una corte. Vio intrigas, traiciones, alianzas secretas, reconciliaciones calculadas y golpes de Estado ejecutados con una astucia que avergonzaría a más de un estratega de palacio.
El hallazgo central de De Waal es tan elegante como inquietante: el macho alfa no reina porque sea el más fuerte, sino porque es el más hábil tejiendo coaliciones. El chimpancé más musculoso del grupo puede ser destronado por dos rivales más débiles que, unidos, lo superan.
El poder, entre los simios, no es cuestión de músculo, sino de aritmética social. Y el líder que olvida cuidar a sus aliados, que se confía, que reparte mal los favores, amanece un día sin trono y, a veces, sin vida. De Waal documentó incluso el asesinato de un antiguo líder a manos de quienes antes lo habían encumbrado. ¿Les suena? Debería.
Tan reveladora fue la obra que introdujo la palabra “maquiavélico” al vocabulario de los primatólogos, y tan práctica que Newt Gingrich, cuando fue presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, la incluyó en 1994 en la lista de lecturas obligatorias para los congresistas novatos, junto a la Constitución y los Federalist Papers.
Gingrich, hombre de poder si los hubo, entendió algo que nuestros políticos fingen ignorar: que el manual del poder no se escribió en las academias de derecho, sino en las ramas de los árboles, hace millones de años. Y aquí está la razón por la que un hondureño debería leer este libro con el corazón apretado.Porque solemos contarnos que la política nacional es una aberración, una enfermedad moral, una corrupción del alma catracha que algún mesías vendrá a redimir. Nos indignamos ante el pacto entre adversarios que ayer se insultaban, ante la traición del aliado fiel, ante el diputado que cambia de bancada como quien cambia de camisa.
Lo llamamos podredumbre, falta de principios, ausencia de vergüenza. De Waal nos ofrece un espejo más humilde y, por eso mismo, más perturbador: tal vez no estamos ante una degeneración hondureña, sino ante la pura y vieja conducta primate. Las coaliciones que se rompen, las cúpulas que se reparten el botín, el caudillo que cae no cuando pierde la razón, sino cuando pierde a sus aliados: nada de eso es invención nuestra, es herencia evolutiva.
Pero cuidado, porque De Waal no escribió un manual del cinismo. Escribió, en el fondo, un libro sobre la esperanza. Porque entre aquellos chimpancés observó también la reconciliación: el abrazo después de la pelea, la mano extendida, el gesto que repara el tejido social roto. Si la política está en nuestra sangre simiesca, también lo está la capacidad de remendar lo que destruimos.Y entonces la pregunta que De Waal deja flotando, y que yo le entrego a usted, lector, para que la lleve a casa es: si compartimos con el chimpancé la sed de poder y el arte de la traición, ¿compartimos también su talento para la reconciliación? ¿O somos, al final, apenas el mismo animal de Arnhem, solo que mejor vestido y peor disculpado?