El Domingo de Ramos, como todos los domingos, asistí a misa con mi familia. Y aunque a lo largo de muchos años he escuchado el relato de la pasión que se acostumbra a leer ese día, no recordaba que comienza con el diálogo entre Judas Iscariote y los fariseos y maestros de la ley, en el que negocian la cantidad de dinero a entregar a Judas para que los guíe a Getsemaní y ahí puedan aprehender a Jesús.
La literatura y las artes en general han dado testimonio del hecho, y la figura del Iscariote, desde hace siglos, ha pasado a ser sinónimo de vileza, de doblez, de traición. Se habla del “beso de Judas” como la acción innoble propia del hipócrita que delante nuestro dice una cosa y a nuestras espaldas otra.
Judas se ha convertido en la negación de esa virtud humana que preside las virtudes morales y que se llama integridad. Porque la persona íntegra es coherente; sus pensamientos, sus palabras y sus acciones coinciden. Mientras que el hipócrita se encuentra dividido, y por eso no es digno de crédito ni de confianza.
Desafortunadamente, cuando vemos a nuestro alrededor, si bien es cierto hay un montón de gente buena, sincera, en la que se puede creer, también convive con ella otra que se dobla y se desdobla según su conveniencia, que, cual camaleón, muda de piel y de intereses, y, como decía aquella canción que ganó el festival de la OTI en 1975, “comienza de lado y termina de frente”.
En el caso de Judas Iscariote quién sabe qué proceso habrá sufrido en su alma, que luego de convivir tres años con el Maestro, de ser testigo de sus milagros, de haber recibido un trato especial, decide olvidar lo anterior y conformarse con unas cuantas monedas de plata. Los judas de hoy simulan y traicionan por obtener un privilegio, un puesto, por quedar bien con algún poderoso.
Es difícil juzgar el interior de los hipócritas, de los faltos de integridad, pero sus hechos están a la vista. Lo cierto es que al final, los judas contemporáneos acaban solos porque nadie se fía de ellos. Por eso es por lo que debemos esforzarnos cotidianamente, por ser, como lo he repetido mil veces, de una sola pieza; de actuar con coherencia, aunque no nos estén viendo; a ser hombres y mujeres sin fisuras, sino sólidos, enteros, macizos.