Fútbol, competencia y debilidades hondureñas

Más que un deporte, el fútbol se convirtió en una expresión popular y social que marcó generaciones en Honduras, desde las plazas improvisadas hasta el sueño mundialista

Aunque el fútbol no es el primer deporte que llega al país, es el más popular. Y el que más entusiasmo despierta entre los hondureños. En Tegucigalpa fue más popular el béisbol. El primer escenario deportivo se inauguró en 1948 con un partido de este deporte con la participación de un equipo cubano.

Desde entonces, el fútbol conquistó el gusto popular, imponiéndose como el más querido y que más entusiasmos provoca. Practicado por los pobres, sin mayores exigencias - en que incluso en momentos- la pelota fue una pequeña piedra rodeada de trapos viejos, con dificultades para rodar; pero eficiente en facilitar la competencia entre rudos trabajadores, jóvenes y niños alegres ante espectadores que celebraban goles, disparando incluso sus “revólveres” que portaban en forma clandestina.

Porque el fútbol fue un deporte de los pobres. Una brusca diversión que no siempre atraía las mejores voluntades. En La Ceiba y en Olanchito, a finales de los años treinta del siglo pasado, Ramón Amaya Amador era defensa central del equipo local que jugaba en la “plaza”, entonces un terreno vacío que no siempre se sabía cómo usarlo en mejor forma.

Allí, irrespetando la edad, adultos mayores jugaban con jóvenes, e incluso algunos objeto de rechazo en otras expresiones de socialización urbana participaban en forma igualitaria. Los comerciantes palestinos -los “turcos”- rechazados en los bailes de la “primera clase” compartían igualitariamente con el resto de los vecinos.

En los campos bananeros, el fútbol era junto con los juegos de naipe -usando baraja americana- la única diversión de los “campeños” después de sus arduas faenas. El fútbol era más que habilidad, expresión de fuerza y voluntad de doblegar al otro.

El balón era de cuero. Cuando rodaba sobre la grama mojada absorbía el líquido y lo volvía pesado. De modo que los jugadores eran hombres fornidos, duros por el trabajo diario, que defendían posiciones, y sin correr mucho en la cancha impedían que otros tomaran los espacios confiados a su vigilancia.

En el encontronazo celebrado por la brusquedad, algunas veces la tibia y el peroné se hacían añicos. El jugador, sin protección social alguna, terminaba en su barracón, aislado y solitario, sin trabajo y sin ingresos durante varios meses.

Por ello, en una oportunidad en que Juan Martínez me vio correr detrás de una pelota me recordó que nunca me ganaría la vida con los pies, sino que con la cabeza. Cosa que sabía, ya que para entonces nadie vivía del fútbol, y ni siquiera contrataban a los trabajadores porque fueran habilidosos en las exhibiciones del popular deporte.

A partir de los cincuenta, el fútbol conquista multitudes. Se empiezan a oír los nombres de Majoncho Sosa, Máximo “Vinagre” Cárcamo, Popo Godoy, Cayuyo Williams y Pipe Barahona, figuras populares capitalinas. Algunos, al final del partido, terminaban embriagados en los “estancos” cercanos.

Fue en la costa norte donde los nombres de los deportistas se impusieron. Y cuando jugaron en el exterior, anidaron en el imaginario popular. Enrique “Coneja” Cardona, Gilberto Yerwood y David Suazo sonaron con fuerza en la mente de los niños hondureños.

En 1966 supe del campeonato mundial. Trabajaba en Langue. Todos los días llegaban periódicos salvadoreños. Hice recortes para compartirlos con mi hermano Vany Edgardo, el mejor dotado deportivamente de los Martínez. Creo que nunca se los envié. Pero fue una declaración de cariño familiar y admiración por el fútbol.

Ahora siento que la ausencia de Honduras en el mundial es prueba de incompetencia, debilidad de organización y falta de fuerza y voluntad para competir hidalgamente. Para ganarles a otros con fuerza, talento e imaginación. Expresión de debilidad colectiva, ¡carajo!

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