Una revista nacional asignó a un reconocido fotógrafo la tarea de documentar un devastador incendio forestal que consumía miles de hectáreas en la región. Las instrucciones que le dieron fueron claras: una avioneta lo estaría esperando en el aeropuerto para sobrevolar el fuego al atardecer, cuando la luz dorada haría las imágenes más dramáticas.
El fotógrafo llegó a la pista de aterrizaje exactamente una hora antes de ponerse el sol. Tal como le habían indicado, una pequeña avioneta Cessna lo esperaba, con su motor ya encendido. Sin dudar, saltó con todo su equipaje a la nave y apenas se acomodó, exclamó con firmeza: “¡Vamos! No podemos perder ni un minuto”. El piloto, un hombre joven con expresión de nerviosismo, encendió el motor. Luego, despegó la aeronave, girando en dirección al viento, aunque volando erráticamente.
“Vuele sobre el lado norte del incendio”, instruyó el fotógrafo, “y pase varias veces a baja altura”. “¿Por qué?”, preguntó con voz nerviosa el piloto. “¡Porque voy a tomar fotografías!”, gritó el pasajero, “soy fotógrafo, y un fotógrafo toma fotos”. “¿Quiere decir que usted no es el instructor de vuelo?”, replicó el piloto.
Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el error más evidente en esta historia fue la falta de comunicación. Este es un error que también se puede dar con frecuencia en la vida cotidiana. Por ejemplo, en el matrimonio se da muchas veces que uno de los cónyuges asume que el otro entiende sus necesidades sin tener que expresarlas. Esto hace que pase años sintiéndose ignorado, cuando en realidad nunca hubo una conversación clara al respecto.
En el trabajo, un jefe delega una tarea sin dar la inducción debida, asumiendo que su empleado sabe cómo realizarla. Este la ejecuta como cree y puede, haciendo que la empresa pierda tiempo y dinero. En una amistad, uno de los amigos se aleja ante una ofensa, esperando que el otro vaya y le pida perdón. El amigo nunca lo hace, quizás porque ni siquiera sabe que ofendió al otro, y la distancia entre ambos crece sin nombre y explicación.
A veces la conversación que más necesitamos tener es exactamente la que más evitamos: la que parece obvia e innecesaria.