El Niño no afecta a todos por igual. Este fenómeno global altera las lluvias y las temperaturas, con impactos diferentes entre regiones, países e incluso territorios vecinos. En Centroamérica, y más concretamente en el Corredor Seco, sus efectos suelen reflejarse en las mismas imágenes: tierra agrietada, pozos vacíos, ganado esquelético, una familia que perdió su milpa, repitiendo un escenario que se conoce de antemano.
La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) sitúa en un 81 % la probabilidad de un El Niño muy fuerte entre octubre y diciembre, uno de los mayores desde 1950, que se extendería hasta principios de 2027. En Centroamérica significaría temperaturas por encima del promedio y lluvias por debajo de lo normal o concentradas en episodios intensos que pueden inundar y dañar las cosechas.
El escenario esperable no es que deje de llover, sino que llueva menos y de forma más irregular: menos lluvia acumulada, canícula más larga, períodos secos más extensos. Para quien siembra en el Corredor Seco, la diferencia es decisiva. Las cosechas no se pierden porque no llueva: se pierden porque la lluvia llega tarde para la siembra o cae de golpe sobre un suelo que ya no retiene.
El Corredor Seco no es lo que sugiere su nombre. Es una franja agroecológica que se extiende desde el sur de México hasta el norte de Colombia, donde vive una población dedicada a la agricultura familiar que, por generaciones, ha sostenido sistemas productivos viables.
Lo que ha cambiado no es solo el clima. Coinciden una variabilidad más extrema, suelos y cuencas degradados y una pobreza estructural que deja a las familias sin margen para absorber las pérdidas de un mal año. El Niño no crea esa vulnerabilidad: la amplifica y la hace visible.
No es solo sequía. Un Niño fuerte deja biomasa seca y puede intensificar la temporada de incendios de 2027. También provoca estrés hídrico, favorece plagas y reduce el peso y valor del ganado. Meses después, llegan lluvias intensas sobre terrenos incapaces de absorberlas.
Esto no es intuición: está medido. Desde 1984, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) vigila por satélite los cultivos y pastos del istmo. En 38 años, la mitad registró una canícula que dañó las siembras, con mayores impactos en años de El Niño fuerte. El golpe más duro, sin embargo, puede llegar meses después. Cuando una familia pierde la cosecha, agota sus reservas, reduce la calidad de su alimentación y termina vendiendo su ganado para sobrevivir. Ese deterioro no ocurre de inmediato: se manifiesta entre seis y nueve meses más tarde. Por eso, las decisiones que se tomen hoy se reflejarán en los niveles de inseguridad alimentaria de mediados de 2027.
Hay otra parte de esta historia: en la última década, la región construyó la capacidad de actuar antes. La acción anticipatoria se basa en acuerdos previos sobre indicadores de riesgo, medidas de respuesta y financiación, de modo que la acción pueda ponerse en marcha antes de que la crisis se materialice. Cuando los pronósticos alcanzan los umbrales predefinidos, se activan medidas destinadas a proteger los medios de vida rurales: distribución de semillas resistentes a la sequía, apoyo al ganado mediante alimento y vacunación, y transferencias de efectivo antes de que las familias vendan activos productivos o interrumpan la educación de sus hijos. Ya se hace en Guatemala, El Salvador y Honduras, con protocolos financiados por el Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF) y la Unión Europea.
Anticipar reduce el daño, pero no sustituye la inversión estructural. Entre un Niño y el siguiente es necesario construir resiliencia y adaptar los sistemas productivos a un entorno cada vez más variable: agua, suelos vivos, semilla adaptada e información agroclimática oportuna. El conocimiento existe; lo que persiste como limitante es el financiamiento.
Esta capacidad de anticiparse se está fortaleciendo en territorios de la región. En Honduras, frente a la creciente frecuencia e intensidad de las sequías y otros eventos climáticos extremos, la FAO trabaja junto al Gobierno y otros socios para fortalecer la resiliencia de los territorios y de las familias productoras. A través de acciones anticipatorias y acciones para proteger medios de vida, más de 32 mil familias han recibido asistencia técnica e insumos. Además, se han promovido medidas de adaptación basadas en ecosistemas, centradas en restaurar los recursos naturales y proteger a comunidades vulnerables frente al cambio climático. También se impulsan prácticas agrícolas más resilientes, el uso de semillas adaptadas, sistemas de captación, almacenamiento y aprovechamiento eficiente del agua, huertos familiares, sanidad animal, estudio del suelo y herramientas de información agroclimática que permiten tomar mejores decisiones sobre qué, cuándo y dónde cultivar. Estas acciones buscan que las comunidades rurales puedan anticiparse a los impactos de fenómenos como El Niño, proteger sus medios de vida y fortalecer su capacidad de adaptación, reduciendo así los riesgos para la producción de alimentos y para la seguridad alimentaria y nutricional de miles de familias hondureñas.
El Corredor Seco figura entre los focos críticos globales del informe conjunto de la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), en un contexto de inseguridad alimentaria creciente, reducción del financiamiento humanitario y brechas en el acceso al financiamiento de la agricultura familiar. Aunque la atención suele centrarse en la respuesta inmediata ante las pérdidas, la experiencia demuestra que la solución más sostenible combina inversión resiliente, acción anticipatoria y respuesta humanitaria para las crisis que no puedan evitarse.
La pregunta no es si El Niño está afectando al Corredor Seco. La pregunta es cuánto de su impacto puede aún mitigarse actuando a tiempo.