El latifundio que soñó ser patria

Hay países que caben enteros en la distancia que separa a dos de sus vecinos.Entre la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso financiero de 2008 hubo una ventana de nada menos que diecinueve años durante la cual el capital del mundo, liberado de la Guerra Fría, buscaba dónde aterrizar en el Sur Global.

Costa Rica abrió la puerta. En 1997 convenció a Intel de instalar una planta de microchips en su territorio, y ese solo gesto reordenó su economía: sus exportaciones pasaron de representar el 27% del PIB en 1985 al 49% en 2007, y el país creció un 4.7% anual, uno de los ritmos más altos de América Latina.

Honduras, en la misma ventana histórica, siguió exportando banano, café y camisetas de maquila, y hoy cosecha el resultado: el hondureño promedio produce 3,598 dólares al año; el costarricense, 15,669.

Cuatro veces más. No nos hicimos Costa Rica, y esa distancia hoy se mide en dólares, no en discursos.Pero conviene, como diría Ruy Mauro Marini, no confundir crecimiento con desarrollo.

El costarricense contemporáneo, ese que su gobierno decidió venderle al capital extranjero a cambio de fábricas y salarios, paga una factura que su propio Estado reconoce: la pobreza no bajó de forma sustancial desde los noventa, y la desigualdad, medida en el índice Gini, subió de 0.47 a 0.50 entre 2000 y 2011 -uno de los pocos países de la región donde esto ocurrió mientras la economía crecía-.

Costa Rica vendió su patria, sí, pero además le entregó buena parte de la ganancia a quien ya era rico. ¿Y nosotros? Nos gusta creer que aquí no nos vendimos, que la soberanía hondureña, vilipendiada tantas veces, al menos no se subastó al mejor postor.

Pero ahí están las ZEDE: zonas administradas por secretarios técnicos ajenos al Congreso, con jurisdicción propia, contratos de estabilidad legal por 50 años y tratados bilaterales de inversión con Kuwait que sostienen hoy mismo a Próspera, pese a que el Congreso derogó la ley en 2022.

Costa Rica jamás ha necesitado ceder ese tipo de soberanía territorial a un gobierno del golfo pérsico.La diferencia entre los dos países, entonces, no es que uno se vendió y el otro no. Es que uno vendió su patria a cambio de fábricas de microchips, y el otro la vendió a cambio de nada que se parezca al desarrollo.

Y llegamos tarde a una fiesta que además ya terminó. El CAFTA-DR, firmado para atraer la misma inversión que ya se llevó Costa Rica, convirtió a Centroamérica en un remate: cada país compite ofreciendo menos impuestos, menos regulación laboral, menos de todo, y el ganador de esa carrera hacia el fondo nunca es el país anfitrión, sino la multinacional que elige entre seis ofertas casi idénticas.

Según la UNCTAD, el 73% de los países en desarrollo perdió espacio fiscal entre 2018 y 2024 por el costo de su deuda, y casi la mitad de los países elegibles para financiamiento concesional del FMI ya enfrenta dificultades de pago.

El dinero que antes llegaba casi gratis hoy hay que pagarlo caro, y ya no hay ventana de diecinueve años esperándonos del otro lado.Nací demasiado tarde para reclamar la Costa Rica que pudimos construir y demasiado pronto para resignarme a que ya no hay ninguna por construir.

¿Perdimos la década dorada por defender, aunque fuera a medias, una soberanía que igual terminamos regalando? ¿O simplemente llegamos tarde a entender que en este juego no gana el que se queda con su tierra, sino el que negocia mejor su precio?

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