El burro ladrón

Todos conocemos al gitano de esta historia, porque casi todos hemos sido él alguna vez. Llegamos tarde al trabajo y la culpa es del tráfico; olvidamos algo, y es porque nadie nos lo recordó; o tratamos mal a alguien porque fue esa persona quien nos sacó de quicio.

  • Actualizado: 02 de octubre de 2026 a las 17:54 -

Un gitano, acusado de haber robado un burro, fue citado ante el tribunal del alcalde del pueblo. El magistrado dijo: “Se le acusa a usted de haber robado el asno del primer regidor”. “No es cierto, señor alcalde; es más bien todo lo contrario”, replicó el acusado.

“Sin embargo, uno de los guardias municipales lo ha encontrado a usted montado en él, en dirección al pueblo inmediato. Además, el regidor reclama su burro y el pago por daños y perjuicios”, sentenció el alcalde. “Yo soy, por el contrario, el que reclama daños y perjuicios”, señaló el gitano, “porque, en vez de haber robado el asno, yo he sido robado por él”.

“Eso es imposible”, indicó el magistrado. “Pues es cierto, señor alcalde. Yo estaba comiendo cerezas subido en un árbol cuando, de repente, se rompió la rama. El burro estaba debajo, a la sombra, y yo caí directamente encima del pobre animal, teniendo la suerte de quedar montado sobre él”.

“¿Y qué hizo entonces el animal?”, preguntó el alcalde. “Se espantó, comenzó a correr sin hacer caso de mis razones y sin permitirme que echara pie a tierra. Lo ve, su Señoría. El problema no soy yo, ¡sino que es él!”. “Pero el burro se hubiera ido a su casa”, conjeturó el magistrado. “Eso le decía yo: ‘Llévame a tu casa’. Pero no quiso atender a mi ruego. Corrió hacia dónde él quiso. Y ahora, señor alcalde, ¿no le parece injusto acusar al pasajero cuando fue el burro quien decidió el destino?”.

Todos conocemos al gitano de esta historia, porque casi todos hemos sido él alguna vez. Llegamos tarde al trabajo y la culpa es del tráfico; olvidamos algo, y es porque nadie nos lo recordó; o tratamos mal a alguien porque fue esa persona quien nos sacó de quicio. Esta costumbre de buscar culpables es tan antigua como la humanidad. Cuando Dios increpó a Adán por haber comido del fruto prohibido, su respuesta fue echarle la culpa a Eva y a Dios mismo, mientras Eva terminó culpando a la serpiente (Génesis 3.8-13).

En casa, en la oficina o en el vecindario, el mecanismo es idéntico. El hijo culpa al maestro por la mala nota, el empleado al jefe, el esposo a la esposa, la esposa a la suegra, y todos terminamos como pasajeros inocentes de una situación que “decidió el destino” por nosotros. El problema de justificarnos siempre es que quien nunca acepta sus errores nunca cambiará.

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