Aclaro desde un inicio que, al hablar de “educación bancaria” en esta columna, no me referiré a la alfabetización financiera ni a cuestiones relacionadas con bancos u otras instituciones financieras. La idea es retomar las premisas formuladas por el pedagogo brasileño Paulo Freire, quien utilizó esta metáfora para caracterizar el modelo educativo tradicional como la acción de depositar información en los estudiantes, asumiendo que son una especie de recipientes vacíos que deben ser llenados por el docente.
En estas dos últimas décadas de mi labor como docente, he observado con cierta inquietud la prevalencia de este enfoque vertical, mecánico y memorístico en todos los niveles educativos. Pese a que han mejorado los procesos de enseñanza-aprendizaje y se han producido cambios de paradigmas al acoger postulados del constructivismo en las mallas curriculares, persiste la resistencia a dejar de formar profesionales adiestrados para seguir instrucciones, en lugar de ciudadanos con pensamiento crítico, capaces de cuestionar, analizar y transformar su entorno.
Esta limitante pedagógica no es mera casualidad; es parte de un sistema educativo debilitado, considerado un problema estructural de acceso y cobertura, además de estar desarticulado del engranaje económico del país. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y de la Secretaría de Educación, el promedio de escolaridad de la población hondureña apenas alcanza los 7.2 años. Esto significa que una gran cantidad de hondureños no logra culminar la educación secundaria. Alarma aún más que entre el 40% y el 44% de los niños, niñas y jóvenes en edad escolar se encuentran fuera del sistema educativo. A nivel medio, la cobertura se reduce a rangos cercanos al 35%, mientras que el acceso a la educación superior se sitúa entre el 10% y el 12%.
Cuando se cruza esta realidad, medida en números, con la calidad de un modelo instruccional, el problema se vuelve aún más complejo. Pues no enfrentamos solamente la exclusión en las aulas, sino que quienes logran ingresar y permanecer en ellas están expuestos, en su mayoría, a una dinámica de depósito.
La educación bancaria anula la curiosidad epistémica y fomenta una pasividad intelectual en la que el estudiante que más memoriza datos y saca notas más altas es considerado el mejor. En esta práctica, solamente observamos la repetición de un patrón: el docente, que también aprendió a memorizar y seguir instrucciones, continúa enseñando de la misma forma, dictando, recetando lecturas textuales y diseñando exámenes sumativos que conllevan severas penalizaciones si las respuestas no se ajustan a lo que establecen los materiales.
Freire advertía que esta educación bancaria atenta contra la naturaleza humana porque negar el diálogo horizontal entre el docente y el estudiante transforma al educando en un objeto de la pedagogía y no en el sujeto de su propio aprendizaje.
En nuestro contexto, este esquema perpetúa la reproducción de las desigualdades, pues un modelo educativo que no enseña a pensar críticamente ni a cuestionar convierte a su población en presa fácil. Esto ocurre porque ignora las causas estructurales del subdesarrollo, la pobreza y las calamidades que vivimos en el país. Peor aún, quienes reciben esta formación son candidatos idóneos para seguir creyendo en las mentiras de políticos sin escrúpulos que se aprovechan de tal debilidad.
Esta deficiencia se manifiesta claramente en las aulas, dado que, en el nivel superior, recibimos a estudiantes que egresan de la educación media con vacíos de conocimiento, pero, sobre todo, formados bajo la lógica del mecanicismo intelectual. Acostumbrados durante años a recibir contenidos empaquetados sin cuestionar su origen y desconociendo sus sustentos teóricos y su aplicabilidad en la realidad, evidencian resistencia ante la lectura comprensiva y el debate riguroso. Muchos ni siquiera aprendieron a leer bien y carecen del hábito de la lectura.
Superar este modelo bancario en Honduras trasciende las reformas superficiales que muchas veces se quedan en el cambio de formatos y plantillas, pero que, en esencia, mantienen lo mismo que ha predominado por décadas. Se requiere de una verdadera voluntad política y académica para colocar el pensamiento crítico en el centro del modelo educativo. Si el modelo continúa priorizando la repetición sobre la reflexión y la crítica, seguiremos formando profesionales adiestrados o, como decía mi maestro Souza, “autómatas biológicos”, incapaces de contribuir a las soluciones que demanda el desarrollo humano del país.