¿Dónde está tu hermano?

El Estado tiene responsabilidades que no puede delegar, pero también nosotros debemos rechazar toda complicidad: la corrupción cotidiana, el silencio conveniente, la admiración por el violento y la indiferencia frente al vecino herido que clama por justicia.

El asesinato de Robert Beckett, ocurrido el pasado fin de semana en San Pedro Sula, vuelve a colocarnos frente a una realidad que conocemos demasiado bien: otra vida arrebatada, otra familia herida, otro nombre que se suma a una lista dolorosa. Y quizá ahí comienza uno de nuestros mayores peligros: no solamente que maten, sino que terminemos acostumbrándonos a este tipo de muertes. Honduras ha vivido demasiado tiempo aprendiendo a convivir con el miedo. Escuchamos que alguien fue asesinado, desapareció o quedó atrapado en la violencia, y continuamos nuestra jornada, como si nada. Las cifras pueden subir o bajar, pero detrás de cada número permanece algo que ninguna estadística expresa: una persona irrepetible que ya no volverá a casa, una madre que espera, unos hijos que preguntan, una familia que queda marcada para siempre.

La primera gran pregunta de Dios después del pecado humano no es política ni económica. Es profundamente moral: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). Caín responde: «¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?». Esa pregunta sigue resonando hoy entre nosotros. Porque también podemos convertirnos, sin empuñar jamás un arma, en espectadores indiferentes del sufrimiento. Podemos resignarnos, repetir que “aquí siempre ha sido así” y aceptar el horror como paisaje cotidiano. Pero acostumbrarse al mal es una forma peligrosa de convivir con él.

El papa Francisco denunció repetidamente la “cultura de la indiferencia” y llamó a construir una cultura del cuidado. En Fratelli tutti recordó que la verdadera paz no puede sostenerse sobre estructuras de injusticia, exclusión y abandono. Y en Evangelii gaudium lanzó una advertencia que sigue incomodando: “Esa economía mata” (EG 53), cuando los sistemas terminan sacrificando personas y dejando a muchos sin futuro.

Por eso exigir justicia no es odio. Denunciar la violencia no es politizar el dolor. Pedir instituciones capaces, investigaciones serias, prevención, educación, oportunidades para los jóvenes y protección efectiva para las familias es una obligación moral. También debemos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando tantos muchachos descubren que la violencia ofrece dinero, respeto o poder más rápido que el estudio, el trabajo y la honradez. No basta capturar al asesino cuando ya enterramos al hijo. Hay que combatir también las condiciones que permiten que la muerte reclute antes que la esperanza.

Jesús proclamó: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Trabajar por la paz no significa callar. La paz bíblica exige verdad, justicia, dignidad y responsabilidad.

Hoy recordamos a Robert Beckett y, con él, a tantos hondureños cuyos nombres nunca llegaron a los titulares. Pero llorarlos no basta. Tenemos que decidir qué país queremos entregar a nuestros hijos. No podemos permitir que el miedo tenga la última palabra. Cada familia tiene derecho a vivir sin amenazas; cada joven, a imaginar un mañana sin elegir entre emigrar, someterse o morir.

El Estado tiene responsabilidades que no puede delegar, pero también nosotros debemos rechazar toda complicidad: la corrupción cotidiana, el silencio conveniente, la admiración por el violento y la indiferencia frente al vecino herido que clama por justicia.

Podemos acostumbrarnos al horror hasta verlo normal. O podemos recuperar la capacidad de indignarnos, educar, denunciar, exigir justicia y defender la vida. Porque cuando una sociedad deja de estremecerse ante la muerte de uno de sus hijos, no solamente está perdiendo ciudadanos: está empezando a perder su alma. Y Honduras todavía está a tiempo de defender la suya.

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