Aunque hoy los espacios de aprendizaje son muy variados y el concepto de aula es mucho más amplio de lo que se entendía hace apenas una década, a partir del pasado lunes y luego en el mes de febrero, las instituciones educativas de los distintos niveles dedicarán sus mejores esfuerzos a la formación de la niñez y la juventud de esta nuestra Honduras. La responsabilidad es enorme. De esta labor depende en gran parte el devenir del país. Y en las manos de cada escuela, de cada colegio, de cada universidad, está depositado el capital humano que tarde o temprano tendrá la obligación de convertir a Honduras en un mejor lugar para vivir y no en el país del que la mayoría de los jóvenes quiere emigrar.
La evolución del pensamiento pedagógico y de las Ciencias de la Educación en general han hecho diferentes planteamientos en relación con el rol que el profesor juega, o debe jugar, en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Lo más notable tal vez sea el hecho de haberlo desplazado del centro del hecho educativo y de volverlo más bien un coordinador, un motivador, un inspirador del aprendizaje, mientras el alumno ocupa el lugar protagónico y se convierte en el centro del espacio pedagógico.
Sin embargo, sobre todo en los últimos años, se ha reconsiderado y recuperado la importancia del educador en el aula, sobre todo en los niveles educativos en los que se sientan las bases para el aprendizaje, esto es los niveles preescolar y los ciclos de la formación básica, hasta lo que hasta hace poco se llamaba educación media.
Ahora bien, ese educador debe poseer hoy unas competencias acordes con las exigencias de la realidad actual. Hay, por lo menos, cuatro áreas de trabajo que son indispensables para que un docente pueda desarrollar su tarea con el profesionalismo que las nuevas circunstancias obligan.
Lo primero es saber instruir, saber transmitir los conocimientos y, sobre todo, interesar, motivar, ilusionar a sus estudiantes para que busquen ir a fondo en la ciencia que le toca impartir. Para eso debe manejar bien su disciplina y estar enamorado de ella.
Lo segundo es aún más delicado. Un buen profesor debe reconocer que la formación de hábitos buenos, la formación del carácter es incluso más importante que la transmisión de conocimientos. Y, en este punto, no tiene más remedio que ser un modelo por seguir.
Luego, un buen maestro no cesa de aprender. De ahí que debe ser un investigador permanente. Y, en cuarto lugar, como una golondrina no hace verano, debe saber trabajar bien en equipo, con sus colegas, con los que dirigen la institución, con la comunidad educativa en general.
Este es el reto que los educadores de hoy tienen. Y no hay otra opción si se quiere influir en el futuro de las nuevas generaciones.