El Congreso anterior dejó críticas, desgaste y una sensación generalizada de frustración. Por eso, la llegada de un nuevo Congreso no solo generó expectativa, sino la esperanza de un cambio en la forma de hacer política. Sin embargo, a pocos meses de iniciado, la percepción comienza a moverse en una dirección preocupante.
Más que un espacio de deliberación, el Congreso empieza a parecer una vitrina donde pesa más la imagen que proyecta cada diputado que la ley que se construye.
La combinación entre lo que dicen, lo que hacen y cómo lo amplifican en sus redes sociales ha desplazado el centro de la acción legislativa hacia la exposición individual.
Durante años, la crónica parlamentaria cumplió un rol clave: ordenar la información, dar contexto y construir agenda. Hoy ese rol se ha debilitado.
Las redes sociales no solo compiten con los medios, muchas veces los condicionan. Lo que se viraliza se convierte en noticia, y lo que genera reacción termina marcando la pauta.
En este nuevo escenario, los diputados comienzan a ser observados más por aspectos triviales que por su labor legislativa: si tienen o no pareja, qué tipo de zapatos usan, si visten bien o no, si intervienen con tono serio o jolgórico, o si sus participaciones parecen más un intento de llamar la atención que de aportar.
Incluso, cuando se han presentado más de 130 proyectos de ley en pocos meses, esa dinámica queda opacada por conductas que recuerdan más a la necesidad de sobresalir sin sustancia, como aquellos estudiantes que interrumpían no por aportar, sino por hacerse notar.
Muchos llegaron con altos niveles de popularidad. Algunos desde la exposición mediática, otros desde el discurso de cambio. Pero hay una confusión peligrosa: creer que ser visible es lo mismo que ser legítimo. No lo es.
Apenas a 90 días, la tendencia empieza a marcar diferencias. Hay quienes están construyendo trayectoria y otros que parecen consumir su capital político en cada publicación. Porque en política, la visibilidad mal gestionada no fortalece, desgasta.
El Congreso sigue produciendo iniciativas, pero la percepción pública no se construye con lo que se hace, sino con lo que se ve. Y hoy, lo que se ve no siempre está a la altura de lo que se esperaba.
Al final, el verdadero examen no estará en las redes, sino en las urnas. Y ahí, la ciudadanía no premia el ruido, premia la coherencia.