Hace 18 años, Óscar Arias Sánchez nos ofendió calificando la Constitución de Honduras como “un adefesio”. No la había leído. No fue una opinión jurídica, sino una expresión apurada de un gobernante que no creía que lo ocurrido en Honduras se repitiera en democracias consolidadas como la de Costa Rica.
Arias, como la mayoría de los ticos, creía -y hasta hace poco creen- que su país era una singularidad construida sobre una inmigración diferente a la de Extremadura y que la oligarquía cafetalera maneja unos valores que no son repetibles en otro lugar del mundo.
Hasta que llegó Rodrigo Chaves. Superior, arrogante, formado en los organismos internacionales y con una visión de la inferioridad de la institucionalidad partidaria, irrumpió en la política y, desde una presidencia agresiva, logró que una de sus pupilas ganara la presidencia y, detrás suyo, intentara seguir gobernando a Costa Rica.
Cuando la Sala IV de la Corte Suprema tomó decisiones que colocan en su lugar al Ejecutivo que dirige Laura Fernández, el ministro Chaves se encrespa, los nervios del sistema político crujen y la imagen del caudillo que quiere imponer su voluntad desde el Ejecutivo, negando la doctrina de los tres poderes, pone en vilo las estructuras de Costa Rica.
Óscar Arias, muy debilitado políticamente y, por ello, sin respaldo de las bases que durante dos veces lo llevaron al Ejecutivo, no halla qué decir.
Los caudillos no solo nacen en Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala o Panamá. También en Costa Rica. Rodrigo Chaves está allí. Tiene tomada la ciudad. Su gente domina el Ejecutivo y tiene una mayoría simple en la Asamblea Legislativa. Controla el Ministerio de Hacienda y, desde allí, chantajea al Poder Judicial con la misma malicia que Mel lo hacía en contra del Congreso Nacional.
La naturaleza humana es la misma. Mel es menos ilustrado que Chaves, pero cojea de la misma pata: no puede vivir si no es imponiendo su voluntad. Mel irritó al Congreso e irrespetó a los jueces que le ordenaban que se abstuviera de efectuar una consulta que solo tuvo como mérito la provocación y el reto a las instituciones. Lo mismo intenta hacer Chaves a través de la titular del Ejecutivo, Laura Fernández.
Ahora Arias Sánchez tiene la oportunidad de verificar la fortaleza de las instituciones. Honduras tuvo un Congreso que se le puso enfrente a Mel y sus pistolas. Ahora los ticos no tienen -como nosotros entonces, muy afortunados- un Congreso obediente de la Constitución de Costa Rica. No lo valoramos porque la respetamos.
El Poder Judicial y, especialmente, la Sala IV han votado y han decidido lo que corresponde hacer. Chaves debe obedecer. Nosotros no pudimos hacerlo pacíficamente con Mel porque es un caudillo muy silvestre. La cuestión es: ¿Costa Rica podrá hacerlo con Rodrigo Chaves?
Esperamos que sí. Se trata de un ministro nada más. Con enorme poder sobre Laura Fernández, que además de ser su discípula, parece una subordinada suya, miembro de sus filas. Y comparte el criterio de Bukele en el sentido de que el Ejecutivo es superior y debe imponerse sobre los demás poderes. Que la tesis de los frenos y los contrafrenos es una bobada. O, de repente, un adefesio. En fin, que la democracia de Costa Rica es tan singular que puede operar sin ellos. Y, desde luego, sin separación de poderes.
Esperamos que en Costa Rica se imponga la ley y el sentido común, colocando al caudillo cafetalero suyo en su lugar. Nosotros lo podemos recibir, en pijama o no, en Toncontín, con el mayor de los gustos. Para darle paz y orgullo a los ticos, nuestros hermanos.