¿Adictos a sentir a Dios?

Necesitamos recuperar el equilibrio de la fe. Aprendiendo a Integrar las distintas dimensiones de una experiencia espiritual más profunda

Se acerca la Semana Santa. Y con ella, uno de los momentos más intensos del año para nuestra fe cristiana. Las iglesias se llenan, los cantos elevan el alma, las procesiones conmueven... y, gracias a Dios, muchos corazones se abren. Sin embargo, en medio de todo eso, surge una pregunta que vale la pena hacerse con serenidad: ¿qué lugar ocupa realmente todo esto en nuestra vida... cuando la emoción pasa? No es una crítica. Es una invitación. Porque algo está pasando, sobre todo en la “generación Z”.

En medio de un redescubrimiento de lo espiritual proliferan, entre los jóvenes cristianos, experiencias cuidadosamente diseñadas para tocar los sentidos: luces, música, ambientes envolventes, presentaciones, retiros intensos... todo orientado a provocar impacto, emoción, incluso lágrimas y conversiones rápidas.Y no es casual que la Iglesia haya comenzado a reflexionar seriamente sobre este fenómeno.

La Conferencia Episcopal Española en su reciente nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe, “Cor ad cor loquitur”, afirma: “No son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual”. La expresión es fuerte, pero describe bien una tentación muy actual, sobre todo entre los jóvenes católicos: vivir la fe como una sucesión de momentos intensos, buscando siempre “sentir algo”. Y claro que el corazón tiene un lugar central.

La fe no es fría ni abstracta. Dios nos toca, nos conmueve, nos alcanza en lo más profundo. Sería un error negar eso, pero también sería un error estancarse ahí. Porque cuando la fe depende solo de lo que siento, se vuelve frágil. Hoy me eleva... mañana me deja vacío. Hoy me acerca... mañana me desanima. La Semana Santa, entonces, corre el riesgo de convertirse, sin que lo queramos, en una experiencia hermosa... pero pasajera. Y Cristo no vino a dejarnos momentos intensos.

Vino a “darnos una vida nueva”. Por eso necesitamos recuperar el equilibrio de la fe. Aprendiendo a integrar las distintas dimensiones de una experiencia espiritual más profunda: el “pathos” (lo emotivo): para dejarnos tocar por el amor de un Dios que sufre, que perdona, que entrega su vida. Sin emoción, la fe se seca. Pero también el “logos” (lo racional): comprender lo que conmemoramos. Saber que la cruz no es solo una escena desgarradora, sino el lugar donde se decide el destino del hombre. También el “Fanos” (lo celebrativo): entrar en la liturgia como quien participa de un acontecimiento real, que lo implica, no como quien observa algo desde fuera pasivamente.

Y, finalmente, el “ethos”: dejar que todo eso se traduzca en vida. Porque la fe, cuando es verdadera, termina siempre en decisiones concretas. Y aquí está el punto más delicado, y más fecundo. Porque es más fácil emocionarse ante la cruz... que cargar con ella. Es más fácil conmoverse en una celebración... que cambiar de vida. Es más fácil sentir... que convertirse. Pero la Pascua no es un sentimiento. Es un paso. Un paso del egoísmo a la entrega. Del resentimiento al perdón. De la superficialidad a una vida más verdadera.

Tal vez, esta Semana Santa, más que preguntarnos “¿qué voy a sentir?” podríamos preguntarnos con humildad: ¿qué está pidiendo Dios que cambie en mí? Porque la fe auténtica, esa que nace de corazón a corazón, no termina en una emoción bien lograda. Comienza ahí... pero se verifica en la vida. Y cuando eso sucede, entonces sí: no solo hemos vivido la Semana Santa... hemos entrado en la Pascua.

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