San Pedro Sula no solo enfrenta temperaturas altas por su clima natural. También está experimentando un aumento de calor provocado por su propio crecimiento.
Esa fue la explicación central que el arquitecto e investigador Claudio Aurelio Díaz Sandoval desarrolló a lo largo de una conferencia extensa, en la que desmenuzó, con paciencia, ejemplos cotidianos y comparaciones claras, cómo funciona la llamada Isla de Calor Urbana (ICU) y por qué este fenómeno, bien medido en grandes urbes del mundo, ya está afectando a San Pedro Sula.
El punto de partida fue sencillo, pero profundo: toda la Tierra funciona con un equilibrio entre energía y agua. El calor se mueve, el agua circula y ambos procesos mantienen una especie de balance natural. Sin embargo, cuando una ciudad se construye, ese equilibrio se altera.
Lo que antes era suelo natural, vegetación y humedad, se sustituye por concreto, asfalto y techos que cambian completamente la forma en que el calor se comporta.
El arquitecto explicó que este cambio no es menor. En un entorno natural, cuando el sol calienta el suelo, parte de esa energía se utiliza para evaporar el agua. Ese proceso reduce la temperatura que sentimos.
Pero cuando el suelo está cubierto por materiales impermeables, el agua ya no está disponible y el calor no tiene por dónde disiparse. Entonces ocurre lo inevitable: se acumula.
Para ilustrarlo, recurrió a una comparación directa. Un terreno con grama puede calentarse, pero nunca alcanzará temperaturas extremas.
En cambio, un pavimento puede llegar a niveles cercanos a los 80 grados Celsius. Esa diferencia no solo se queda en la superficie, sino que se traduce en un ambiente más caliente alrededor.
A partir de ahí, el experto introdujo una distinción clave que atravesó toda su explicación. La isla de calor no es un solo fenómeno, sino dos que están conectados.
Por un lado, está la isla de calor superficial, que ocurre en los materiales durante el día. Es ahí donde el concreto, el asfalto y los techos absorben la radiación solar y elevan su temperatura.
Por otro lado, está la isla de calor atmosférica, que se manifiesta en el aire y se vuelve más evidente durante la noche, cuando todo ese calor acumulado comienza a liberarse.
Ese segundo fenómeno es el que explica por qué, incluso cuando cae la noche, el calor en la ciudad no desaparece. Las superficies siguen emitiendo energía y mantienen el aire caliente.
El resultado es una sensación térmica persistente, que muchas veces la población percibe sin entender su origen.
Para hacer aún más clara la idea, Díaz Sandoval utilizó una imagen cotidiana: estar a la sombra no siempre significa estar fresco. Si frente a una persona hay una superficie caliente, como un pavimento expuesto al sol, esa superficie sigue irradiando calor, como si fuera un comal. Es decir, el calor no solo viene de arriba, sino también de lo que rodea.
Cortar árboles, la peor idea
El análisis no se quedó en lo conceptual. El experto dedicó buena parte de su intervención a explicar las causas concretas que intensifican el fenómeno en las ciudades. La primera es la pérdida de vegetación.
Cada árbol que desaparece elimina una fuente natural de sombra y de enfriamiento. La segunda es el uso de materiales urbanos que absorben y reflejan el calor en lugar de disiparlo.
La tercera tiene que ver con la forma en que se construyen las ciudades: calles estrechas, edificios mal orientados o configuraciones que bloquean el viento impiden que el aire circule y favorecen el estancamiento del calor.
A esto se suma un factor que muchas veces se ignora: las propias actividades humanas. El uso intensivo de aire acondicionado, por ejemplo, genera un efecto contradictorio.
Mientras enfría los espacios interiores, expulsa aire caliente hacia el exterior. En conjunto, miles de equipos funcionando crean un ambiente más caliente en la ciudad. Es un ciclo que se retroalimenta: el calor obliga a usar más energía, y ese uso genera más calor.
El arquitecto también subrayó que el fenómeno no actúa de forma aislada. Puede intensificarse por condiciones climáticas globales, como las olas de calor, o por características geográficas locales.
En ciudades rodeadas de montañas o con poca ventilación natural, el aire caliente puede quedar atrapado, aumentando aún más la temperatura.
San Pedro Sula es una isla de calor
Cuando abordó el tema de la magnitud del problema, Díaz Sandoval recurrió a estudios internacionales para ofrecer un marco de referencia.
En ciudades tropicales comparables, la diferencia entre áreas urbanas y rurales puede oscilar entre tres y nueve grados centígrados. En algunos casos, dentro de una misma ciudad, las diferencias entre zonas pueden ser significativas, dependiendo de la cantidad de vegetación y del tipo de urbanización.
Ese comportamiento también se observa en San Pedro Sula. Durante la conferencia se presentó información que muestra cómo el calor se concentra en la huella urbana, donde se han registrado temperaturas de hasta 40 y 41 grados.
Estas cifras no se distribuyen de manera uniforme. Hay sectores más calientes que otros, lo que confirma que el diseño urbano y el uso del suelo influyen directamente en la temperatura.
El crecimiento de la ciudad fue otro de los ejes centrales de la exposición. A través de mapas y ejemplos, se mostró cómo la expansión urbana ha ido ocupando cada vez más territorio, reduciendo áreas naturales que antes ayudaban a equilibrar el clima.
El experto insistió en que San Pedro Sula no es solo su zona urbanizada, sino también su entorno natural, incluyendo áreas de reserva que cumplen una función clave. Cuando ese equilibrio se rompe, la ciudad pierde capacidad para regular su temperatura.
Uno de los conceptos más insistentes en su intervención fue el de “fenómeno silencioso”. La isla de calor no aparece de un día para otro. No genera una alarma inmediata. Se construye lentamente, a lo largo de años, incluso décadas.
El problema, señaló, es que en Honduras no existen suficientes mediciones para dimensionar con precisión su impacto. Eso hace que el fenómeno avance sin que se le preste la atención necesaria.
Sin embargo, sus efectos ya son visibles. El aumento del calor tiene consecuencias directas en la salud, especialmente en poblaciones vulnerables.
También incrementa el consumo de energía, ya que obliga a utilizar más sistemas de refrigeración. En algunos contextos urbanos, el consumo energético puede aumentar de forma significativa, lo que genera un impacto económico y ambiental adicional.
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Un peligro para la vida
El arquitecto también advirtió sobre un efecto que va más allá de la incomodidad por el calor: el impacto directo en la vida y en la economía.
Explicó que, en contextos urbanos donde predomina el asfalto, el concreto y la falta de vegetación, el fenómeno de la isla de calor no solo eleva la temperatura, sino que puede incrementar hasta en un 45% el riesgo de mortalidad en condiciones extremas, especialmente entre poblaciones vulnerables como niños, adultos mayores y personas con enfermedades de base.
Este riesgo no siempre aparece como causa directa en los registros, pero actúa como un factor que agrava otros problemas de salud, lo que lo convierte en un peligro silencioso dentro de las ciudades.
A pesar de la complejidad del problema, el experto no planteó un escenario sin salida. Por el contrario, dedicó una parte importante de su conferencia a explicar que existen soluciones. Muchas de ellas, dijo, son simples y están al alcance.
La presencia de árboles es una de las más efectivas, no solo por la sombra que generan, sino por su capacidad de regular el intercambio de energía. También mencionó el uso de agua como elemento de enfriamiento, los pavimentos permeables que permiten la infiltración, y el diseño urbano que favorezca la ventilación.
Incluso recurrió a una experiencia cotidiana para explicar el impacto del agua. Caminar descalzo sobre una superficie caliente puede ser incómodo, pero al pisar un charco, la sensación cambia de inmediato. Ese mismo principio, explicó, puede aplicarse a escala urbana.
La reflexión final fue clara y directa. Cada decisión que se toma en la ciudad, desde pavimentar una calle hasta cortar un árbol, tiene efectos que pueden durar décadas. No se trata de cambios inmediatos, sino de transformaciones acumulativas que, con el tiempo, definen la temperatura de todo un entorno.
San Pedro Sula, bajo el peso de temperaturas cada vez más altas, es un ejemplo de ese proceso. El calor que hoy se siente no es casualidad ni únicamente climático.
Es, en buena medida, el resultado de cómo se ha construido la ciudad. Y, como advirtió el experto, también dependerá de cómo se construya en el futuro.